lunes, marzo 20, 2006

Música.


Al amanecer suena una sinfonía perfecta. Poco a poco se van introduciendo sutilmente los intrumentos de la orquesta que ofrece su acorde genial y definitivo cuando el sol termina de asomarse y su luz abarca entera la total extensión de esa llanura inmesa que es la Tierra (dicen que es redonda, pero para eso hay que mirarla desde sitios imposibles). Si te acercas a la ciudad, la sinfonía de sonidos limpios y ordenados pierde su pureza y empieza a deshilacharse. Con el ritmo sin cadencia del tráfico y el murmullo subterraneo de angustias e impaciencias, es probable que puedas escuchar algo no muy definido parecido a Pink Floyd. Es entonces cuando entre las notas de la Canción De Un Día Cualquiera, se incrusta el rugido negro y metalico de los motores que escondidos debajo del asfalto hacen que funcione la ciudad. Desde hace unos años, mueve también la ciudad un chisporroteo de misteriosos microchips incrustados con mecanismos de altísima precisión en circuitos impresos de silicio. Desde su interior se ordenan sin error flujos de millones de palabras cruzadas entre infintos teclados de ordenador, poniendo en comunicación, entre otros, a una chica de Nueva Delhi y un jubilado de Villanueva de los Infantes. Desde allí nacen tanto versiones remasterizadas con ritmos sintetizados de Muñequita Linda o relajantes melodías inéditas del Nepal, bandas sonoras de esos besos y miradas virtuales que no existen en ningún lugar (como este blog que ahora lees).
Si hace buen día es posible escuchar una molodía country en el parque, un val en una fuente pública. En el mercado un hit-parade o copla, como antes se llamaba. El día se sabe explicar de mil maneras y, en ese momento estelar del mediodia se escuchan casi todas las canciones del mundo. Leonard Cohen los días lluviosos arrulla el sueño sintético de un poeta abandonado de todos y diagnosticado de transtorno asocial crónico en una clínica de reposo. En un cochecito con un bebe, el harpa o el sonido dulce del xilófono enebran una nana tristona y melodiosa, que sin embargo, bajo la luz del sol, solo el recién nacido sabe escuchar dejándose caer en un sueño sedoso de algodón caliente que, cuando quiere esfumase él retiene de la única manera posible: chupando con prisa el chupete hasta que logra sujetarlo de nuevo.
Canta Sinatra para todos los ricos del mundo y su voz acaricia las moquetas. Se esconde en sedas que rozan el cuello estirado y pecoso de todas la abuelas millonarias del mundo, que a esa hora se sientan en las mejores salas de espera de los bancos hasta que la puerta se abre y aparece el encantador Sub-Director, dispuesto a atenderla, "como Usted se merece, señora. "La verdad es que es usted tan amable, que después de tantos años , para mi es como de la familia." Fuera en la calle una danza nigeriana suena en los ojos negros y profundos de un inmigrante que se encontró de pronto con un billete de cinco euros, y mira asombrado como el coche que se aleja. En el interior del serie media familar suenan los Beatles detrás del paquete de clinex. Se escucha también una queja : "creía que tenía cambio".
Si te acercas al metro se empieza a escuchar algo de hiphop y rap mezclado con el Fari. Notas, gritos y letanías que penetran en el centro de la ciudad a rebufo del vagón, desde los barrios de las afueras. Con una caja de música y una guitarra eléctrica de ocasión, toca un holandes venido a menos, una versión torpe y aburrida del violinista en el tejado. Pero el metro es el mundo:allí puedes encontrar incluso la calma inspirada de Rasmaninov detrás de la mirada asustada de un recien ascendido a director de ventas en una empresa dedicada a barnices para suelos industriales.Y es que, si te fijas, lleva puestos los auriculares blancos de un artilugio de última generación en el que guarda sus tres mil seiscientas cuarenta y dos melodías preferidas.
Acordes y ritmos se van mezclando en una sola canción perfecta que habla de la Vida con palabras sencillas e inolvidables. Una canción bellísima que algún mendigo quizás pueda escuchar, con una lucidez plana e inútil, segundos antes de que vengan a recogerlo los servicios municipales.
Y cae la tarde y al mismo tiempo que la ciudad se oscurece y el rojo de los semáforos y los frenos de todos los coches adquiere un matíz intenso, como de carmín o fresa, suenan los primeros acordes de jazz. Al principio casi imperceptibles entre las mil melodias y ritmos del pop y del rock adolescentes que inundan el atardecer. Pero se va imponiendo poco a poco.Y cuando pasa la medianoche es ya la única música que mece el universo. El jazz es lo que queda de todo lo que se ha escuchado en la Tierra en el fragor del día pasado. Ejecutado por musicos de manos sabias, cansadas y libres que comparten el alma y no se sujetan a ninguna regla: se miran y empiezan. La voz de una mujer negra, gorda y a punto del trance rasga la oscuridad y expresa concetrada la alegría, la pena, el odio, el amor.Todos y cada uno de los hilos que tejen el tapiz enrevesado y colorido del alma humana. El humo y el wisky te nublan los ojos cuando un solo lento y desgarrado del pianista deja paso, agotado y confundido, al lejano sonido de una tuba.
Presientes entonces que pronto va amancer y que ya suenan los primeros compases cautelosos de una nueva sinfonía.

2 Comments:

Blogger A pesar de mí said...

El día va avanzando y cada momento de ese día tiene su propia música. Desde una sinfonía perfecta al amanecer, seguida de las más diferentes melodías, hasta llegar a un suave y gratificante jazz nocturno.

Y así sucesivamente.

Muy bueno.

9:30 p. m.  
Blogger jmcaleroma said...

Gracias.Me alegro de que escuches tu también el sonido de los días.

9:46 p. m.  

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