miércoles, noviembre 01, 2006

"Blackbird".



Con el cuerpo confundido por el trastorno horario después de haber cruzado el Atlántico, me despertó el canto de un mirlo con las primeras luces del día. Miré el reloj: eran las cinco de la mañana. Entonces recordé la canción de los Beatles y comprendí que, como todas las auténticas obras de arte, aquella canción había conseguido captar la indescriptible sutileza de ese canto, incluso de ese momento.
Su nombre científico es Turdus Merula, aunque lo conocí como “Tordo” cuando a los siete años mantenía con él y los demás pajarillos de mi pueblo, una relación más estrecha de miradas y mutuas desconfianzas. Con el gorrión formaba la pareja de habituales, siempre provocándote cuando no tenías el tirachinas preparado y esquivos e invisibles cuando volvías a mirar armado, con los labios apretados. Recuerdo también la pésima fama de la urraca, que frecuentaba el olivar y el privilegio sagrado de las golondrinas, gorgojeando confiadas en plena siesta sobre las varillas de la antena de la TVE, sabiendo que aunque les apuntáramos y estiráramos la goma casi hasta el final, nunca dejaríamos escapar la piedra. En ése instante de absoluta soledad previo al disparo, todos recordábamos que “le quitaron las espinas al Señor”. Era una leyenda, pero los vencejos, gritones y adictos a acercarse y alejarse del campanario, tan negros y vulgares, confirmaban subliminalmente la condición sagrada de sus elegantes compañeras. El petín o jilguero, rojo amarillo y negro, que cantaba tan bien como el mejor canario ( trovador oficial), pero más alegre, más libre.


El mirlo o Blackbird macho, canta desde lugares elevados, como la copa de un árbol o el pico del tejado. Lo hace para imponer su soberanía territorial en época de cría, tan celoso, que es capaz de agotarse luchando contra su imagen en un espejo.
Busco impaciente en Internet la confirmación de aquel lejano instante en San Pedro Sula. Su memoria fugaz es tan deliciosa que reconozco que a veces he sospechado que fue una ensoñación, otro espejismo del alma del viajero, siempre propicio al milagro.
Al fin lo encontré:

Por lo demás, el mirlo canta con mayor brío
en los días de llovizna y en los crepúsculos matutino y vespertino.

Una chica sentada en la moqueta del aereopuerto de Fiumicino, tocaba la canción con su guitarra rota y , al pasar a su lado, camino de la puerta de embarque pude ver la posición de sus dedos y, al fin, encontrar el acorde que me faltaba. Desde entonces disfruto tocando ese acompañamiento que traduce a la guitarra el canto del pájaro negro, como supe con certeza en la clarividencia de aquel amanecer caribeño.
Algunos años después, frente al monte Vitosha, junto a la catedral de Alexander Nevski en un espléndido piso de principios de siglo en el centro de Sofia, mi amigo Pedro B. y su voz de tenor, inmortalizaron esos acordes mágicos.

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