lunes, abril 10, 2006

Cada año igual.


Cada año igual, más de lo mismo.
Los esperados momentos estelares precedidos de todo un calendario de reuniones y nombramientos que son como fueron y como seguirán siendo. Otra vez a repetir miméticamente los mismos gestos del año pasado. La monotonía, el estancamiento querido, deseado, buscado de propósito, exaltado hasta la saciedad, proclamado como algo bueno, positivo, de lo que se debe estar orgulloso. “Hago lo mismo que hizo mi abuelo y quiero que siga haciendo lo mismo mi nieto”. No es posible imaginar una mentalidad más contraria a la idea de progreso, de superación, de avance, de cambio. Las túnicas, los pasos y las velas, se asientan en una concepción paralizante, estática del mundo, del Hombre, de la Vida. Se trata de cumplir el triste propósito de que todo siga igual, que nada cambie.

Con un calendario establecido atendiendo al ciclo lunar, asistimos cada año en Sevilla y en tantas otras ciudades, a la apología pública y multitudinaria de una mentalidad ultraconservadora, aglutinada alrededor de ceremonias y ritos religiosos, dirigidos por clérigos y seglares afines, capaces de protagonizar una ocupación masiva de los espacios públicos de la ciudad sin parangón con ninguna otra manifestación social.
Cada año, más o menos, la misma parafernalia, los muchachos con chaqueta y gomina, las muchachas estrenando vestido, el carrito empujado por el ama de casa que coge del brazo al padre de familia,los novios cogidos de la mano, los uniformes pseudomilitares de las bandas de cornetas y tambores en fila marcando el paso, los rostros tapados bajo un lúgubre atuendo ligado en sus orígenes al Tribunal de la Santa Inquisición, la estética gore de la sangre, las velas, el incienso, el oro y las piedras preciosas del manto, las autoridades detrás del paso y el pueblo detrás apretujado, las supersticiones ensangrentando los pies del nazareno y, cuando menos te lo esperas, el Himno Nacional.

Cómo es posible que cada año semejante convocatoria tenga el éxito asegurado. Cómo puede entenderse que no se escuche una sola voz crítica, ni desde planteamientos estrictamente religiosos ( ¿tantas joyas para quien tendría que representar la Sencillez? ) ni con mucho más motivo desde planteamientos laicos (milagro en las ondas: la SER y la COPE unidas fraternalmente con programas idénticos de promoción , apología y retrasmisión de los fastos).

Qué significa todo esto. Cómo puede defenderse que no significa nada. O será que no hemos avanzado apenas, que detrás de tanta aparente progresía no hubo razones de peso que llegaran a calar realmente entre nosotros, que tenemos todavía pendiente el cambio a una sociedad del progreso frente a la parálisis, de la imaginación frente al aburrimiento, de la Razón frente a la mojigatería supersticiosa. No será que, si escarbamos un poco, seguimos en la España perpetua de la mantilla, el traje de los domingos y el sueño de que todo siga igual, que nada cambie.

Recuerdo una conversación entre un grupo de chavales de quince o dieciséis años que vivían intensamente el denominado “ periodo de la transición”. Era abril de 1979. Después de criticar de forma ácida y minuciosa la exhibición de irracionalidad que contemplábamos en las calles de una pequeña ciudad castellana, en éstos primeros días de primavera, uno de ellos se atrevió a conjeturar:
- “Pero bueno...¿cuántos años más puede durar todo esto?. En ocho o diez años seguro que habrá desaparecido.”

Es obvio que erré en el pronóstico, pero sigo sin entenderlo.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Estoy contigo porque a mí también me cuesta entenderlo.

10:04 a. m.  
Blogger justicia sevillana said...

Es así y no te atrevas a criticar lo más mínimo, porque el 90 por ciento de la sociedad sevillana, incluida la capillita, se te echaría encima. Increíble pero cierto.

7:29 p. m.  

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