viernes, septiembre 22, 2006

(Teléfono Público).Diario de un paranoico razonable.(6)



Fue un verano durísimo. De pronto me di cuenta de que es absurdo que aún existan cabinas de teléfonos públicos: de acuerdo con las últimas cifras hay 1’3 teléfonos móviles por persona. Siempre que descubro un fallo en la lógica del sistema lo pasó muy mal. Entonces la palabra sufrir cobra sentido.
He estado observando a los que utilizan cabinas de teléfonos públicos. En algunos casos es obvio que charlan con el amante: tapan ridículamente el auricular, muestras signos ostensibles de acaloramiento, se mueven como retorciéndose y sobre todo, sonríen con cara de bobos cuando terminan, repasándose luego la ropa y el pelo, como volviendo a la realidad. En mi cuaderno, sin embargo, cada noche comprobaba que la mayor parte de las personas no respondían a ese perfil. En muchos casos, el usuario de cabina tiene teléfono móvil y lo utilizan antes o inmediatamente después. Fueron muchos para que pudiera aceptar, en todos los casos, la hipótesis de la batería baja. Empecé a intuir que, como los amantes, el objetivocomún es no dejar rastro de la llamada.
Me desequilibra psicológicamente tener ante mi datos que no pueda explicar de una manera convincente. Han sido horas vagando por la ciudad como un enfermo, como un poseso, en jornadas de quince horas de observaciones. La mayoría llegaban a la cabina en algún vehículo y después de conversar se marchaban. Eso me obligó a persecuciones en moto y en coche, con el corazón trotando en mi pecho para al final, perder otra vez mi objetivo en el caos absoluto de tráfico de ésta ciudad.
Una noche, por puro azar , encontré una pista. Estaba apostado dentro de mi coche en la calle, a unos doscientos metros de una discoteca, vigilando una cabina especialmente concurrida. Entonces pude ver a dos muchachos de unos veinte años, muy delgados y con el pelo engominado formando una pequeña cresta. Llegaron caminando desde la discoteca y después de mirar un número apuntado en un papel hicieron una breve llamada. Cuando se fueron y cuidando que no me vieran , abandoné el vehículo y los seguí. Acorté mis pasos para dejar que llegaran primero a la puerta de la discoteca en donde se unieron a un grupo mayor de jóvenes de su edad. Me decidí a acercarme de forma disimulada para ver si podía escuchar alguna frase, o al menos alguna palabra que me ofreciera una pista. Cuando salí de la oscuridad me sentí iluminado por las luces de neón con el nombre del local y advertí que los dos jóvenes me miraban. Intenté disimular rectificando mi marcha y fingí que esperaba a alguien mirando el reloj y encendiendo un pitillo. Los dos chavales , que no dejaron de mirarme e intercambiar comentarios me estaban poniendo nervioso. Entonces después de hablar entre ellos como tomando una decisión conjunta se acercaron a mi. Me preguntaron si era yo el que habían llamado y pensando que , en algunas de las miradas que fingía no ver, alguno de ellos me había llamado, dije “si , perdona”. Entonces una de ellos me ofreció cincuenta euros y el otro me dijo, “vente detrás que tengo la moto y no las saques aquí”. Estaba muy confundido y rechacé el dinero, pero seguí a quien me pidió cambiar de lugar. Entonces caminamos unos veinte metros y les dije que qué querían de mi. Uno de ellos dijo extrañado “la coca” y, al ver mi reacción el otro dijo “éste no és”, dándose la vuelta y dejándome allí solo. Cuando volví a verlos entre la gente, intercambiaban algo con un tipo de chupa de cuero negro y pañuelo rojo al cuello.
Ese polvo blanco riega cada noche la ciudad.
El dinero de ese negocio empapa cada sector de nuestra economía.
Los capos tienen poder para conseguir que no veamos lo que tenemos delante de nuestras narices. Esa masa ingente de dinero y el poder de esos mercaderes de felicidad ya es una clave sin la que nada de lo que pasa podrá explicarse.
Fue un verano difícil. De pronto caí en la cuenta.
Creo que estoy mejor ahora.

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1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Había sido un verano muy duro.
El exceso de información había provocado un ruido total entre los dos.
No había forma de comunicarse de forma clara.
La familia, el trabajo, los amigos, la edad, la crianza, todo se había conjugado de forma milimétrica para evitar que la comunicación se podujera.
Lo había intentado todo: teléfono móvil, sms, e-mail, conversacion diurna, conversación nocturna.
Nada, simplemente nada de nada.
Naufragaba enmedio de un oceano de comunicación instantánea.
Así que de pronto se me ocurrió. Me acerqué al teléfono público. Puse un euro en la ranura. Marqué el teléfono. Una voz femenina respondió.
"Te quiero hermosa; siempre te he querido".
Había sido un verano muy duro. Era preciso buscar nuevas soluciones para los problemas de siempre.

4:42 p. m.  

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