lunes, julio 02, 2007

Tu olor.


Cuando un humano se encuentra con un perro y siente temor, libera un determinado olor que es percibido inmediatamente por el animal como una amenaza. Pero no solo ocurre así en esa circunstancia tan cotidiana y conocida. Desde el primer latido lanzamos al aire diminutas partículas conteniendo un mensaje preciso y sincero. El intercambio de olores establece una comunicación sin posibilidad de manipulación ni por el emisor, ni por el receptor. Por eso crea, velada y sutilmente, un entorno que será determinante en cada relación interpersonal. Luego buscaremos razones para explicar lo agradable o desagradable que nos resulta estar con alguien, desarrollando así nuestra, también natural, habilidad para engañarnos y engañar a quien nos escucha. Pero fue el olor lo que marcó en gran medida el inicio de ese gran amor o la explicación fundamental de aquella enemistad que terminó inspirando el guión de nuestra vida.
El olor golpea directamente en nuestro cerebro los centros que alojan los recuerdos y que impulsan nuestras emociones. Si lo propiamente humano es pensar, el sentido del olfato nos eleva o rebaja de tal condición. Carece de explicación racional, se sitúa en un nivel definitivamente distinto al de la razón, los argumentos o las palabras. Ni siquiera se deja definir y sin embargo cada aroma propicia unas reacciones de intranquilidad, sosiego, alegría o preocupación, de acuerdo con un patrón elaborado a lo largo de millones de años que asocia un olor a una circunstancia, y que se ha transmitido por generaciones escondido en algún rincón de nuestro ADN.
Hasta ahora es esquema ha sido: si huele A, va a ocurrir A’.
La cuestión es cuanto tardaremos en conseguir alterar intencionalmente el orden de las cosas: hagamos que huela a A para que ocurra A’. Aplicando este inteligente truco pudo hacer frente con éxito y elegancia Jean Baptiste Grenouille a la incómoda situación de quien desde el patíbulo se enfrenta a una masa enfervorizada que pide a gritos su ejecución.
La ancestral afición del hombre a dominar a sus semejantes permite sospechar que más de una investigación estará apuntando ya en esa dirección. Habrá que estar atento: parece que los grandes almacenes empiezan a intentar manejar nuestro ánimo con el olor.
Entre tanto, ese adminículo puntiagudo y absurdo, que sin embargo es pieza clave de nuestro rostro, puede que sea el último refugio de nuestra inocencia, de nuestra autenticidad.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

EL OLOR DE LA LIBERTAD.

De todos los olores que he conocido a lo largo y ancho de mi vida, hay uno que me vuelve loco. El olor a gasofa.
Esta mezcla de hidrocarburos saturados, motivo de guerras entre grandes potencias, me pone.
Tengo la sensación de que todos somos un poco esclavos de nuestras circunstancias, y que frente a las pequeñas esclavitudes de cada día, defendemos lo poco o mucho que nos queda de nuestra libertad, de la mejor forma que podemos.
Yo, simplemente reposto.
Gasóleo.
En cualquier gasolinera de cualquier carretera secundaria, en uno de los países que recorro con mi Volvo.
Es un extraño momento. Cojo la manguera y reposto.
Sólo soy un camionero repostando en una instalación provisional, entre dos puntos kilométricos.
Mi depósito tarda unos seis minutos en llenarse.
Seis minutos en los que con la mano derecha agarro la manguera, y con la mano izquierda no hago nada.
Pueden ser las cuatro de la mañana en Estocolmo, o las tres de la tarde en Teruel.
Por algún motivo extraño, es mi momento de paz. Mis seis minutos dorados.
Miro alrededor y los veo. Los amaneceres en Dinamarca, las puestas de sol en Villa de Don Fabrique, los reflejos de la nieve en los Alpes italianos.
Y ese inconfundible olor a gasofa, ha quedado grabado en mi cerebro, con la potencia de una marca.
La marca de mi libertad.

Atentamente:DRIVER

6:17 p. m.  

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