viernes, septiembre 07, 2007

Capítulo 32.- " Ya basta".



En medio de una calle abarrotada de gente de una gran ciudad, caminaba y podía verse así mismo, como si sobrevolara aquella situación, desde fuera de él, aunque sintiendo desde dentro, viviendo sus sensaciones Y entre todas ellas, por encima de todas las demás, resaltaba una percepción trágica. Presentía un peligro inminente. Primero como una preocupación aguda y difusa localizada en alguna parte central de su pecho. La gente caminaba sonriendo de una forma extrañamente generalizada y familiar. Todos parecían compartir un mismo chiste invisible y universal. Un gato fijó su mirada en él y aunque toda la gente alrededor le ignoraba, como haciendo por no mirarle, él sabía que hablaban de él, que se reían de él. Quijares les miraba aislado, desde un mundo descolocado pero propio. Todo era ajeno y el miedo paralizante le impedía afrontar aquella realidad fría y desconcertante. Si superando el pudor conseguía cruzar alguna mirada, percibía un cierto gesto de burla y compasión, jocosa e infantil. Al pasar caminando, en un banco, al lado de un parque, descubrió a Ricardo, estaba al lado del mar, en ese momento ya no existía la gran ciudad y entonces precipitadamente cambio su rumbo para llegar a su encuentro. Era la salida, él estaría de su parte. Al llegar a sus inmediaciones comprobó que se abrazaba con Colleen y sintió vergüenza. Quizás estaban desnudos. Se detuvo, dudó de su inicial propósito de pedirle ayuda o alguna explicación. Inmediatamente su rostro se volvió hacia él y esbozó una sonrisa misteriosamente idéntica a la de toda la muchedumbre que se había cruzado con él. Quiso entonces correr, ya no tenía otra posibilidad, pero el miedo le paralizaba, llegando a duras penas a otra acera. Otra vez estaba en la gran ciudad que ahora podía reconocer. Era Madrid, si la Gran Vía, llegando a la plaza de Callao. Toda la acera llena de gente, de la misma gente, frente a la que cada vez sentía más temor, vergüenza, culpa. Tenía que buscar un portal donde refugiarse de ese peligro indeterminado pero cierto que él sentía de forma cada vez más invasiva, paralizándole, las piernas, los brazos, hasta el punto de andar con dificultad, la lengua, la respiración cada vez más trabajosa. Entonces vio una gran grieta en un edificio y comprobó como poco a poco se hacía mayor, después otra grieta similar en el asfalto, y como si hubiera aprendido a verlas, descubrió otras muchas en los demás edificios, en los semáforos, en las ventanas, incluso en el rostro de alguna gente. Todo estaba a punto de desmoronarse, como un castillo de arena. Ahora ya sabía la razón de su desconsuelo, el motivo de su miedo que ya era terror atenazado a su garganta, como un grito retenido luchando por salir a un mundo que le rodeaba, pero del que se sentía separado, como si estuviera encerrado en una campana de cristal invisible. Arriba, por encima de los edificios, en un espacio lleno de luz, Svetana desnuda le hacía gestos invitándole a acercarse, insinuándose con besos al aire y movimientos sutiles y estremecedores. Miro alrededor, intentó impulsarse para volar, arañando el aire. Entonces el grito detenido en su garganta se hizo grande, oscuro y caliente, sintió como le quemaba y como hacía arder su cuerpo, ya empapado en sudor. El grito se hizo más grande y rugoso. Sintió unas ganas irrefrenables de gritar, de dejarlo salir, aunque para ello necesitaba implicar todas sus fuerzas, todos sus músculos, que se tensaron hasta conseguirlo: gritó y una milésima de segundo después escuchó su propio grito en el silencio y la oscuridad de su cuarto.
Se incorporó en la cama, empapado en sudor, con lágrimas en los ojos tanteando con su mano temblorosa, buscando con la yema de sus dedos que palpaban la superficie lisa y fría de la mesita de noche , la forma ovalada del interruptor de la luz.
Eran las cuatro y diez de la madrugada y podía recordar con todo detalle una pesadilla que, con algunas variaciones no esenciales, había vivido ya demasiadas veces. Pensó en abrir la mesita, sacar una micropastilla del blister medio acabado y salir otra vez así de la situación, pero decidió levantarse. En la madrugada profunda y silenciosa escuchaba su respiración agitada cuando supo con una certeza metálica y definitiva que tenía que poner fin a todo lo que estaba sucediendo: ya basta. Las palabras aparecían con claridad en su cabeza e inventó la conversación que tendría con Ricardo y Svetana, las dos personas que le acompañaban en su delirio desde hacía año y medio. Solo aparecería él como único responsable y justificaría todo lo ocurrido, como una locura de un viejo y fracasado policía que quiso por ser héroe. Asumiría su responsabilidad disciplinaria o, incluso penal . Solo pediría un poco de discreción y, entregaría todo los datos acumulados en todo ese tiempo y perfectamente ordenados en el ordenador portátil que había transformado su vida hasta acercarla demasiado a la pesadilla que acaba de volver a sufrir. Primero Ricardo, después Svetana. Miró el reloj que ella le regaló con la que podía avisarla en cualquier momento de peligro. Pensó pulsar la combinación de números y el botoncito que activaría el mensaje. No, sería mejor primero Svetana, después Ricardo.

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1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Hilvando las palabras.

Calero hilvanaba las palabras. Las palabras desarrollaban sus ideas. Las ideas expresaban su pasión por la vida. La vida hilvanaba al Calero.

Y yo, aquí en mi cabina, acordándome de los hilos hilvanados por las ideas que pasionaban la vida hilada por Calero.

Atentamente: DRIVER

8:33 p. m.  

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