martes, enero 01, 2008

Capítulo 38. "Más allá del bien y del mal".


El monarca vecino del sur, con sus turbantes y sus cuentas en Suiza, su liderazgo religioso y su amor por esa ingeniero informática pelirroja, que gusta de andar descalza por palacio y amontonar vestidos de marca en su ropero, su reclamación territorial contra la monarquía a la que subsidiaron en los años del hambre, constituye el centro neurálgico de todas las contradicciones del este mundo. Para estar más allá del bien y del mal, aquellas estancias no son un mal sitio. En un palacio de paredes recubiertas de oro confluyen las tensiones norte y sur, este-oeste, cielo y tierra, bien y mal y todas las imaginables. Más aún, todas esas tensiones que explican el movimiento de mundo que vivimos conviven sin mayores dificultades en un espacio todavía más reducido: la mente privilegiada de un monarca capaz de convencer al sector más radical de los partidos fundamentalistas, que necesita para mantener viva la mentalidad medieval en las zonas y las gentes más pobres de su país, de su estricta heterodoxia, minutos después de haber despachado con sus asesores financieros, sobre la administración de su impresionante patrimonio. Es cierto que, con los privilegios de un monarca y en medio de todas esas fronteras, a la que se pudiera añadir la más interesante entre lo legal y lo ilegal, apoyado por un ejército de miserables sometidos a una religión y a la certeza de su infinita crueldad con los que intentan traicionarle, es más fácil hacer dinero.
En los primeros meses del año 2003, una delegación de turbantes del oriente más convulso, visitó al monarca. Después de varias jornadas encerrado en sus aposentos, aprobó el proyecto que le presentaron, les dio dinero y designó el grupo de hombres que le pedían a cambio de una minuciosa relación de todos y cada uno de los contactos y reuniones que durante los años anteriores habían mantenido con miembros de partidos radicales de su país, a los que él consideraba súbditos traidores. Aceptó sus planes y la dirección de toda la infraestructura por nacionalistas del norte de España, con la única condición de que un hombre de sus servicios de inteligencia estuviera entre los observadores, sin participación activa, pero con acceso a toda la información.
Cuando aquella delegación terminó su visita y se fue con los dólares y los nombres de cinco cédulas residentes en la capital de España, con capacidad para cumplir las órdenes que se les fueran dando, a cambio de pasar al tercer nivel de la estructura exportadora de hachís, es decir, a vigilantes y controladores de plantaciones, dejando la calle, el riesgo de entrar en prisión y con la vida resuelta como capataz de una finca propiedad de su Majestad, desaparecieron de sus domicilios habituales los seis líderes de partidos islamistas radicales que habían mantenido contactos con La Encarnación de la Yihhad. Los cocodrilos que adornan el parque temático de una de sus fastuosas mansiones dieron cuenta de sus cuerpos entre gritos desgarradores que el monarca no quiso escuchar. La noticia se difundió oportunamente y sin mayor sorpresa .Por fin para él terminó una molesta sensación de intranquilidad que, desde hacía casi un año se había instalado en un lugar indefinido del costado, cuando los servicios de inteligencias del amigo americano le habían advertido de visitas a su territorio de algunos de los más significados nombres del Enemigo del Mundo. Al tiempo, aseguró a los líderes que sustituyeron a los caídos, venganza sobre el invasor español que había humillado a su pueblo y sobre todo a su dios, en un pequeño islote de su costa. En aquel momento, el amigo americano le pidió paciencia y él aceptó a cambio de que le aseguraran silencio en su maniobra de contestación, cuando el futuro le ofreciera la ocasión de servirse su venganza, con la frialdad que ese plato exige. Tenía en sus manos la ocasión y después que le dijeran el lugar donde tendría lugar la coordinación definitiva de aquel interesante suceso para sus intereses, no tenía ninguna duda de que necesitaría utilizar la carta americana que en la crisis del islote se había guardado. El hermano americano nunca falla cuando ha dado la palabra y aseguraría el silencio necesario. El cuadro remataba con una conducción de gas y el desbloqueo definitivo de distintas operaciones financieras interrumpidas por los escrúpulos de monja del tipo del bigote que tanto daño estaba empezando a hacer, desde el día que anunció que no renovaría mandato. Sin dólares en juego al monarca no le merece la pena ni si quiera ponerse a pensar. Era una cantidad que empezaba a ser interesante y lo que nunca pensó es que la visita del joven socialista español, con su aire de delegado de clase de bachiller, tuviera un calado económico de tanta entidad. Detrás de aquel muchacho aparecía mucho más que un partido político centenario, eje de la estructura política de un país vecino y puente. Detrás de aquel buen muchacho aparecía toda una estructura financiera y empresarial, que se había propuesto alcanzar los primeros puestos en Europa y en el mundo y que había convertido aquel sueño de un presidente paranoico e iluminado creador del socialismo sociedad anónima, en una realidad. Una realidad que un gobernante pequeñito y con bigote había puesto en riesgo a partir del fundamentalismo propio del monje castellano que se había convertido en su único consejero. La prosperidad de todo un complejo entramado de empresas, dependía de un cambio de gobierno y aquella idea era la que aquel torpe líder novato quería trasmitirle entre frases entrecortadas y dubitativas. Él lo había comprendido perfectamente y la sonrisa del interlocutor al mirar a sus acompañantes entonces le pareció menos estúpida que al principio.
Así que después de unos meses un poco agitados, llegaba la primavera del año 2003. En una larga sesión de masajes, el monarca de los monarcas, tras un pesadísimo besamanos con motivo del aniversario del nacimiento de la nación, en el que le habían ofrecido su genuflexa humillación toda la cúpula militar y policial de su país, sonreía de satisfacción al comprobar que ,casi en la misma jugada, había resuelto el incómodo problema de sus opositores radicales, la espina clavada por aquel islote maldito, y el desatasco de la cuestión del gas y de algunos otros negocios que con un nuevo gobierno en el país vecino, sería una realidad. Al final del masaje, en la penumbra de la sauna, como estaba previsto, apareció ella. Cuando, despojándose de su albornoz se dirigía a su lado para acariciar su torso sudoroso, él dijo como pensando en voz alta: “lo que no entiendo es por qué en Tegucigalpa”. Ella se detuvo unos segundos hasta que aquella duda expresada en viva voz desapareció de su semblante y, entonces sentándose lentamente a su lado, le acarició.

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viernes, diciembre 07, 2007

Capítulo 36. "Aparece la ciudad inexplicable".


Noviembre oscureció las tardes y las calles de Sarajevo empezaron a coleccionar brillos del hielo que dibujaban el contorno de las farolas, los bancos de madera como de otra época, las ramas desnudas de los árboles y los adoquines de la parte de la calle que esa tarde había quedado en la penumbra. Se sentía confundido. Un poco más confundido que lo que últimamente venía siendo habitual. Las antiguas charlas hasta bien entrada la madrugada con Ricardo, les ayudaban a ordenar ideas y tomar distancia con los acontecimientos. Juntos dibujaban un guión perfecto que luego desarrollaba Ricardo con desparpajo delante del ordenador en aquellos primeros momentos de charlas a través del messenger. Aquella etapa pensada y medida al milímetro les había dado crédito para todos los tiempos difíciles que vinieron después. Finalmente, después de sospechas de fallos de seguridad a través de los chats, la comunicación se limitó al correo electrónico, cada vez más espaciado. Las últimas semanas todo había sido más difícil y el ordenador portátil llevaba tiempo sin abrirse. Afortunadamente el activista era bien conocido por su comportamiento estrafalario con tintes histriónicos. Su edad y las enormes aportaciones durante toda la vida de la organización con fondos llegados de los sitios más inverosímiles del planeta, le permitían un régimen absolutamente excepcional dentro de las rígidas normas militares que exigían un control diario y puntual de los movimientos de cada miembro.
Se acercaban las vacaciones de navidad y Quijares que años anteriores había buscado cualquier destino, esta vez necesitaba la vuelta a España. La imagen de su hijo había aparecido reiteradamente en sus sueños, en cada sobresalto de las últimas semanas. Al filo del peligro real de perderlo todo, aparecían las bases, el fundamento real de tu existencia. Y entonces aparecía él y recuerdos que hacían que se humedecieran sus ojos, aquella mañana de noviembre paseando solitario por las calles de aquella ciudad gris y profundamente triste, que escondía una familia rota con al menos algún mutilado detrás de cada ventana, de aquellos bloques esconchados y envejecidos. Había imaginado a Ricardo contándole como su padre había malgastado su vida en un juego de espías, infantil y cada día más peligroso.
Había quedado con Ricardo en el parque que llamaban del Loco Enamorado, al parecer, porque en uno de sus frondosos robles se quitó la vida por amor el más famoso poeta del siglo XIX de la ciudad, incluso del país.
Aprovecharon que una fiesta local entre semana había sido aprovechada por Colleen para hacer una visita rápida a la familia y que los demás estarían de excursión para volver a verse con cierta tranquilidad. Hacía meses que terminaban en aquel parque sus ratos de footing. Ahora buscaban refugio en sus veredas llena de setos y fuentecillas sin agua y medio derruidas, que les ofrecían rincones donde poder charlar.
Tegucigalpa. Esa ciudad escondida entre montes en una valle insalubre y remoto de un país imposible, que los españoles bautizaron Honduras por su abrupto relieve, era la ciudad de la que hablaron en ese día, casi al tiempo, dos funcionarios asustados en un banco helado de un parque de Sarajevo, un grupo de siete encapuchados hablado en euskera en un piso a las afueras de París, un banquero suizo que desde hacía tres generaciones gestionaba la fortuna familiar de un monarca del norte de Àfrica y el grupo de élite de los servicios de información más prestigiosos del mundo, que transcribían rutinariamente comunicaciones cifradas de un grupo radical islamista y , al ver aquella extraña palabra, se miraron con cara de asombro: Tegucigalpa.
- "¿Cómo has dicho?", dijo Ricardo Establet con cara de asombro.
- "Tegucigalpa. ¿Sabes donde está?"
- "Claro, es la capital de Honduras. Un compañero de promoción estuvo allí en una escolta hace un par de años."
Le explicó que, la dama rusa del eterno desasosiego, le había pedido continuar para saber que pasara en aquella ciudad, a la que de forma inexplicable conducían los distintos caminos de radicales de la boina y del turbante, auspiciados por compañeros de viaje, cada vez más inexplicables.
En silencio buscaban alguna explicación para la sorprendente ubicación.
- "Tranquilo Ricardo, yo llevo cuatro días dándole vueltas y la verdad es que no consigo explicármelo. Es como si se tratara de encontrar el lugar menos previsible de todos los posibles."
- "Además, que quieres que te diga…por lo que sé en todo centroamerica no se mueve una hoja sin que los yankees den su visto bueno. Ellos no suelen andarse con remilgos. Ya sabes, si en sus dominios ven algo que no controlan perfectamente disparan y luego preguntan, o miran a ver el pelaje de la pieza que acaban de cobrar."
-"Pues te aseguro que después de lo vivido hasta ahora soy capaz de imaginarme cualquier cosa. Pero empieza a haber demasiados invitados en esta fiesta. Y sinceramente no veo a los del turbante en la el mismo baile que el Tío Tom por mucha rakia que beban por todas las partes."
-"¿Y que te dijo más?, le pregunto Ricardo intentando encontrar la pieza del puzzle que les faltaba."
- “Poco más”, repasaba mentalmente Quijares, “que yo recuerde, no me dejo nada importante. Ya te dije que me anunció más información vía email “cuando sea necesario” creo que dijo textualmente.
- "¿Has repasado si hemos estado allí antes?"
La frase significaba en su argot particular acumulado esos años entre ambos, si había revisado los archivos del ordenador para ver si el Pirata al que suplantaban tenía algún dato o había dejado algún rastro que permitiera determinar si en alguna ocasión había estado en aquella inesperada ciudad.
-"Si, claro que he mirado. Fue lo primero que hice, pues ella me aseguró que pronto me indicarían que comenzara los planes para organizar y quien sabe sin participar en aquel encuentro."
Un perro comenzó a olisquear sus pies y a unos treinta metros una viejecita caminaba dificultosamente con una cadena en la mano y hacía como si no hubiera advertido su presencia.
- "Lo único que he encontrado en esa zona es en relación con Colombia. Pero eso ya lo habíamos visto."
-" La foto de la chica con el bote de cocacola entre las tetas."
- "Exacto, que terminamos relacionando con un intercambio de cocaína por cursos de explosivos para los de Tirofijo, después de descifrar la clave."
-"¿Cómo era?...“Cursos de cocina”."
-" Exacto, veo que lo recuerdas todo. Pero fuera de eso no he encontrado nada. Pero habrá que repasar, porque hay tanto archivo que sin descifrar que no estaría mal darle otra vuelta. ¿Tienes localizada tu copia?"
-" Si, claro. La única conexión que se me ocurre por aquella zona es la de Nicaragua. Pero sinceramente, sigo dándole vueltas a la cabeza. ¿Y si fuera un nombre en clave y no el de una ciudad? ¿O una invención de la tipa esa que te tiene en los huesos? "
Quijares no respondió. Estaba desorientado. Algo no encajaba. Durante todos estos meses había creído que el interés de esa mujer de ojos profundos y labios eternamente a media sonrisa, por estar cerca de él se explicaba por su morbosa curiosidad y su interés en estar al tanto de la rocambolesca historia que, quien sabe si la soledad y la necesidad de aventura de un cincuentón habían creado. Ahora se daba cuenta de que, pasados unos capítulos, ella era la que le tenía que contarle a él por donde seguía este endiablado enredo.
Ricardo sintió pena al ver la cara de desolación de su compañero.
-"¿Qué piensas? "
- "Ella tiene otra fuente Ricardo. Jugó con ventaja desde el principio.No era tan lista"
-" No te agobies por eso. Hace tiempo que sospechaba algo así. Ella toma café en círculos de gente que lo sabe todo."
- "Lo maneja todo."
Ricardo golpeó en el hombro a su compañero.
- "Abre el ordenata y me pones un email y me cuentas. Espabila que tenemos que estar atentos."
La viejecita se alejó con su perro y casi sin hablar, expulsando vaho al caminar, regresaron un poco más perdidos, pero consolados y resignados a seguir remandoen aquella travesía hacia ninguna parte.

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domingo, octubre 28, 2007

Capítulo 35. "Otra vez en el viejo balneario".


En una estancia amplia de techos altos y muros de piedra, con grandes ventanales en forma de arco, estaba el comedor. Podía haber sido la sala capitular de un antiguo convento y sería un lugar frío y desangelado si no fuera por las impresionantes alfombras que arropaban el suelo de piedra y los nobles tapices que vestían las amplías paredes. La iluminación de enormes lámparas de araña con velas, llenaba cada rincón de sombras vivas e inquietas y la atmósfera se llenaba de una misteriosa intimidad. Los camareros apostados en cada rincón como estatuas y la distancia sideral entre cada mesa, harían lujoso aquel lugar incluso en la bahía de Mónaco. Situado entre antiguos países comunistas, la esplendorosa riqueza de mármoles y viandas, convertían aquel lugar en un refugio para los más ricos, los más poderosos, de entre los más ricos y poderosos del mundo. Lo habitaban normalmente parejas variopintas con el único denominador común de la notable mayor edad del varón. Quijares era una excepción, pero en todo caso, no había contacto alguno con los demás pobladores del balneario, ni siquiera visual. Cada mesa era un mundo aparte y la discreción de las conversaciones era tal que, podía escucharse, como fondo musical, el tintineo de los cubiertos y los vasos.
A pesar del paso agradable sobre las alfombras y del silencio majestuoso del lujo, Quijares se sentía atrapado en aquella jaula de oro. Los últimos acontecimientos le habían hecho perder pie. Ni el Grange 1951 le hacía ilusión aquella noche, ni fue capaz de seguir con atención las historias de venganzas y odios de los nuevos ricos de la estepa siberiana que Svetana le contaba, con amabilidad y cierta paciencia. Porque ella era perfectamente consciente de que aquel tipo de tez morena y manos venosas, que tan bien sabía acompañarla a ese lugar fuera del espacio en donde ella siempre quisiera estar, aquella noche tenía una sombra en la mirada. Le contaba su convencimiento de que cualquier día asesinarían a la periodista más valiente que había nacido en su viejo y legendario país y su impotencia para convencerla de optar por dejar de sacar al fresco lo peor de un régimen corrupto o adoptar las precauciones mínimas. La indiferencia de aquella mujer que ahora, de nuevo, le acariciaba con su pie desnudo por debajo de la mesa, cuando hablaba de secretos de estado, de muertes y sobornos, que otras veces le había parecido excitante, ahora le provocaban un profundo malestar que, empezaba a no poder disimular. Ella lo notó, o quizás sería mejor decir que lo había previsto y entendió que no podía mantener esa incómoda situación que se produce cuando dos personas que tiene lo mismo en la cabeza hablan de otra cosa. Después de un largo silencio, que Quijares quiso romper, dándose cuenta entonces que ni siquiera recordaba qué le estaba contando, ella abrió la única cuestión que realmente les importaba, sin saber exactamente cómo saldría finalmente de aquella situación:
- Ahora no lo puedes dejar, mi amor.
Quijares dudó un segundo si debía entender la frase en relación a lo que él tenía en la cabeza. Se encontró con sus ojos y le sonrieron, de esa forma tan peculiar y tan suya. La mirada sonreía, pero no movía un solo músculo de su cara. Los ojos le decían, sí, vamos a hablar de eso, que ocupa tu cabezas y tu estómago hasta el punto de no dejarte probar ni un bocado del mejor paté de faisán del mundo.
- ¿Sabes donde esta Tegucigalpa?
Él bajo la cabeza, derrotado, temiendo que de nuevo ella estuviera jugando con sus tripas.
- Ahora no lo puedes dejar, mi amor. Han convocado una reunión en Tegucigalpa y sólo te tengo a ti para saber qué puede salir de esta mezcla extraña de iluminados y patriotas. Puedes olvidarte de tu idea, mi amor. Ahora no es el momento.
Cuando tuvo la certeza de que por fin ella había abierto el tema en el que su cabeza había estado trabajando febrilmente los últimos quince días, sacó fuerzas para enfrentarse a sus ojos y buscó su mano encima del mantel para ayudarse y trasmitirle con toda la intensidad posible su decisión. Ella tenía la mano suave y caliente.
- Tienes que entenderme Svetana. No puedo más. Estoy cansado y todo se ha complicado cada vez un poco más. Ni siquiera sé si sería capaz de contar a alguien ordenadamente esta historia de locos en la que me he metido. Necesito descansar, olvidarme de todo, desaparecer, buscar alguna excusa para volver a Madrid y recuperar la vida que un día desprecié, pero que ahora me parece el paraíso: el dominó en el bar del barrio, el Marca, las cervecitas, el fútbol inundando el domingo. Tienes que ayudarme porque sabes que ahora mi vida depende de ti y, porque me has hablado muchas veces que eres una persona de palabra, que puedes matar y morir para mantener la palabra dada, el compromiso adquirido. Recuerdas todo lo que me has dicho del honor, de los códigos no escritos, de la fidelidad entre los tuyos como única regla en un mundo sin reglas.
Hablaba sin detenerse, como vomitando una larguísima mala digestión, como sacándose un veneno de lo más hondo de su ser.
- No puedo vivir así. Hace unos meses, era un juego entre dos, tres personas, si te incluyo a ti. Era nuestro juego secreto y me sentía seguro, a salvo de todo, aunque te reconozco que muchas veces he sentido que me engañaba, que la dimensión de lo que hacíamos era mucho mayor de lo que parecía, que todo se nos podía ir de las manos en cualquier momento. Pero ahora esos presagios se han hecho realidad y tengo la sensación de que en cualquier momento pueden caerme encima los geos, la mafia calabresa, los patriotas del norte o los del turbante. Me parece que estoy sentado encima de un polvorín a punto de estallar. No duermo, no puedo pensar en otra cosa. No puedo más, Svetana. No puedo aguantar ni un minuto más dentro de este laberinto. Tienes que entenderlo.
Ella respondió a su caricia encontrando la superficie más lisa de su mano y rozándola de forma sutil hasta hacerla coincidir con su parte más lisa, más sedosa. Quijares sintió de pronto todas esas sensaciones, al dejar de hablar, de forma retrospectiva.
- Escúchame bien, mi amor. No te va a pasar nada. Te prometí que tendrías mi protección en tiempos difíciles y han llegado mucho antes de lo que pensaba y de lo que tú de crees, mucho antes de lo que tú has sabido. Ya sabía hace tiempo que terminaría este capítulo de la historia y que podía ser peligroso y doloroso para ti. Pero, tienes que ir a Tegucigalpa. Tengo que saber qué pasa allí y luego, todo será más fácil. Ya lo verás.
Quijares había vaciado de gusanos podridos su estómago en su anterior discurso. Ahora se sentía mucho mejor.
- Pero ¿qué dices de Tegucigalpa? ¿Dónde carajo esta eso?
Ella sabía que el empezaba a estar curado. Los hilos ocultos de su rostro se habían relajado por fin. Se sonrieron mirándose por primera vez aquella noche y ella llenó las copas.
- Tienes tiempo para mirar en el mapa. Y yo me voy a encargar de que todo sea mucho más fácil de lo que parece.
Untó el paté y se lo ofreció.
- Esta delicioso, mi amor.
Él sintió hambre, aceptó el bocado y supo que daba inicio a un periodo de tiempo, alrededor de una hora y pico, en que ambos dejarían de pensar con el cerebro. Entonces escucharon ellos solos los primeros y prometedores compases, de "El Bolero de Ravel".

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sábado, octubre 06, 2007

Capítulo 34. "Olor a manzana".


Fue una semana muy larga. De pronto el tiempo se hizo ancho, se estiró de repente. No volvieron a verse y aunque el miércoles por la noche Colleen quiso invitar a todos a cenar por su cumpleaños, que había sido diez días antes, Quijares se excusó con un dolor de cabeza y finalmente no fue. No le resultaba agradable estar junto a Ricardo, ni siquiera tomando una cerveza con los demás. La posibilidad que desde algún rincón remoto alguien estuviera estudiando sus reacciones o grabando sus conversaciones, les había separado súbita y radicalmente. Entonces notó que gran parte de su vida allí giraba alrededor de Ricardo y, sobre todo de lo que Ricardo y él habían vivido. Suprimido ese ingrediente excitante y secreto, su vida que durante muchos días cabalgaba a un ritmo trepidante, se convertía en un mustio y lento pasar de las horas. Miraba el reloj sin parar y todo le cundía muchísimo. Durante la semana salió a correr un par de ocasiones y ordenó la casa más veces que todas las que lo habían hecho hasta entonces. El ordenador portátil se quedó guardado en el fondo de un altillo lleno de mantas. Y a pesar de ello, aquella pequeña maravilla de la informática tenía más presencia en el piso que todos los demás muebles. En realidad todo recordaba lo sucedido, las horas de tensión y de sorpresa vividas, las madrugadas descifrando archivos, ordenando fotos, y reconstruyendo la vida del viejo militante a quien llevaban demasiado tiempo suplantando. Tenía ganas de ver Svetana, de contarle todo, de sentirse un poco protegido, de suplicarle ayuda para encontrar el camino de salida. Estaba impaciente y por eso miraba el reloj demasiadas veces.
La imagen de su hijo apareció en su mente como la silueta de un barco en la lejanía del horizonte, en los ojos del naufrago. Le hubiera gustado tenerlo cerca, contarle todo, desahogarse, llorar, reír, abrazarle y pedirle ayuda. Si en un instante todo se complicara y él tuviera un mal final, era su hijo el único que podría echarle de menos. Le entrañaría si pasaba una semana sin recibir ningún mensaje suyo, pero esperaría un poco más. Finalmente, en algún momento que ni se atrevía a pensar, advertiría que algo raro estaba pasando y buscaría alguna respuesta a su silencio. Entonces, preguntaría por él en el teléfono de la oficina, llamaría a Ricardo, y alguien le diría la triste noticia. Puede ser incluso que la noticia no fuera triste, sino misteriosa: “no sabemos, ha desaparecido”. Sintió miedo, pánico. Un policía de más de treinta años de profesión conoce perfectamente cuan ingrato y terrible se vuelve el Estado con sus servidores desleales. Conocía perfectamente que frente a ese monstruo, un hombre no es nada. Sabía lo fácil que podía resultar, sencillamente quitarle de en medio. Por eso necesitaba un suelo donde poder apoyar los pies. Eso le pedía a Svetana. Y una vez apoyado podría correr a abrazar a su hijo.
Una muesca en el marco de madera de la ventana le estremeció la noche del jueves, cuando se disponía a bajar la vieja persiana, antes de acostarse. El corazón comenzó a lanzar más sangre que la que cabía en sus sienes y en su pecho. Paralizado, moviendo la cabeza y los ojos con cuidado, intentó encontrar el siguiente vestigio de la invasión de su piso por agentes de los servicios de inteligencia. No encontró nada y entonces recordó el origen de esa pequeña muesca en la madera. Al intentar abrir un bote de jabón dobló el cuchillo de cocina. Luego rectificó la deformación ayudándose de la ventana de su cuarto. Vio nítidamente el recuerdo al volver a mirar aquella señal y entonces respiró, habló solo para insultarse y empezó a sudar como si acabara de beberse de un trago una jarra de cerveza. Definitivamente tenía los nervios a flor de piel y debía controlar sus miedos. Sabía perfectamente que el miedo imagina peligros que luego se convierten en realidad, que atrae el peligro. Respiró hondo varias veces y después de echarse un poco de agua fresca en la cara, se acostó para, como cada una de las últimas noches, hacer como si se durmiera, engañándose así mismo para así, al menos, poder descansar algo.

Pero, al final, todo llega. El taxista, la carretera llena de baches hasta la desviación a una más estrecha entre montañas, la imponente fachada principal, el recepcionista silencioso y en permanente alerta y, al final del pasillo, la habitación.
Tenía una nota dentro de un sobre, encima de la almohada. Era su letra y en muy pocas palabras expresaba la esencia de aquella mujer: “llego a las 20’45, espérame dentro del jakuzzi”. Pensó de nuevo en aquella capacidad de mantener obsesivamente esa idea en la cabeza tan propia de Svetana. Vivía cada día mundos apasionantes, conocía los entresijos de verdadero poder que gobierna el mundo, conocía los nombres de las familias del petróleo y los diamantes, las historias de cada uno de los apellidos, apenas un centenar, que tenían los destinos del resto de los humanos sobre la mesa de sus reuniones. Por encima de todo eso, o por lo menos al tiempo, ella era un animal en celo, una hembra en permanente estado de combate y eso era precisamente lo que explicaba el tono de su voz, el gesto de sus manos, la forma de retirarse el pelo de los ojos, la manera de sentarse o la sutil y misteriosa manera de sonreír. Mientras todos lo que habitaban ese mundo de ambiciones y odios enfermizos, vivían atrapados en sus propios proyectos, ella tenía su antídoto perfecto. Quijares llegó a pensar y ahora, delante de aquella nota, volvía a sospecharlo, que se trataba de una forma inteligente y perfectamente premeditada de utilizar una de las grandes fuerzas del universo como parapeto frente a otras fuerzas también demoledoras que, sin embargo, destruyen al hombre , como la envidia, el odio, el miedo o la estulticia.
Así que, como siempre pasaba, empezaban a hablar después de que ya llevaran un buen rato juntos y con la mente y el cuerpo relajados y cercanos. Entre el suave olor a manzanas del gel que esta vez ella había elegido, reposaban encima de sábanas limpias y en absoluto silencio. Quijares había planeado mil veces sus palabras para aquella ocasión tan decisiva, en la que él quería dar un golpe de timón al curso de las cosas, pero como siempre, aquellas palabras repetidas y planeadas, habían desaparecido de su cabeza o, pensadas entonces parecían ridículas. Fue ella quien rompió el silencio:
- “Sé que tenéis una situación difícil, que las cosas están muy mal”.
Quijares pensaba hablarle de su decisión de romper con aquella historia, pero había decidido no comentarle nada de la situación de Ricardo. Pero ella estaba siempre un paso por delante, lo que le tranquilizaba y le aterrizaba al mismo tiempo.
- “Pensé que me llamarías antes, mi amor. Todo empezó como una casualidad y ahora, de nuevo, otra coincidencia os puede causar problemas. Supe que el traficante de armas que estuvo en el incidente sabía algo y sospechaba que trataría de sacar dinero con la información. Buscó otro contacto, probablemente con los del norte y puede ser que ellos hayan descubierto que han estado más de un año hablando con una sombra”.
Entraba en materia directa y tranquilamente. La compañía de Quijares le introducía en aquella historia sin esfuerzo, sin que tuviera que preparar el expediente correspondiente, como si su cerebro archivara cada trama asociándola al olor, al tacto o al sabor de la piel del interesado. Una mezcla agridulce de tabaco y sudor, vino y cuero, era el recuerdo que cuando dejaba a Quijares servía en su mente para asociar una de las historias más divertidas y curiosas que en ese momento estaba viviendo. Entonces Quijares empezó a hablar:
- “Pensé que los problemas venían del otro lado, quiero decir de los del ministerio, que eran los de Madrid y no los del Norte, los que nos habían cazado”.
- “Y por qué piensas que son distintos, mi amor. Llevan jugando al gato y al ratón tantos años que, los dos tienen hombres en el otro bando y, sinceramente, yo creo que demasiadas veces ya no es posible saber quién es y de qué bando… Los políticos de las dos orillas disfrutan con el juego y manejan a los iluminados de abajo como en una partida de ajedrez. Pero vuelven atrás la jugada y empiezan de nuevo cada vez hay cambio de gobierno y ahora ya es una partida absurda en la que ninguno de los dos sabe exactamente cuál era su objetivo. Y como te digo, mi amor, creo que ya tampoco saben exactamente cuáles eran sus fichas.”
- “Por qué te sirve el ajedrez para explicarlo todo”.
- “En mi pueblo, a esta hora, no hay ninguna televisión encendendida y en el los bancos del parque, todos disfrutan en varios corros de partidas de ajedrez. Cuando yo era pequeña era todavía más popular. Aprendía a jugar al ajedrez al mismo tiempo que a hablar. Por eso no sé si aprendí a pensar o a jugar al ajedrez. Para mi es lo mismo, mi amor”.
- “Ya me lo has contado otras veces, pero yo no se jugar al ajedrez. Y me gustaría saber, según tu información, quién nos ha descubierto”.
- “Según mi opinión no os han descubierto aún, simplemente saben que hay un cabo suelto y empiezan a seguirlo para ver donde conduce”.
-“Pero ¿quién?”- Insistió Quijares que empezaba a salir del sopor posbélico y a recuperar su anterior situación de preocupación.
Entonces ella se levantó. Parece que hubiera percibido que Quijares estaba necesitando otra vez una dosis de esa medicina con la que ella curaba cualquier cosa. Una pequeña dosis de su anestésico natural, para conseguir que él recuperara el sopor, la calma, la percepción cierta de estar atrapado y sunyugado ante aquel fenómeno de la naturaleza que ahora se mostraba majestuoso ante sus ojos. Después de caminar despacio hacía el tocador, tapandose pudorosa y fingidamente sus senos, mirando a través del espejo le dijo:
- “No lo sé todavía. Tengo mucho interés en descifrar ese enigma, pero confío en el hombre que se encargado de ese asunto. Aunque, como están las cosas, también creo que lo más probable es que una vez que la información llegó a cualquiera de las dos orillas, tardara unos segundos en pasar a otra.
Otra vez el silencio llenó la habitación de preguntas. Y como si Quijares hubiese conseguido librarse heroicamente de esa red invisible que ella sabía lanzarle desde la primera mirada, o como si el espejo hubiera restado fuerza al látigo de sus ojos, encontró un resquicio y se dio bruscamente la vuelta en la cama. Sin mirarla le dijo:

- No puedo más, quiero dejar esto como sea. Tienes que ayudarme.

Ella también le dio la espalda, giró la cabeza, contempló unos segundos su hermosura en el espejo y se sonrió.


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viernes, septiembre 07, 2007

Capítulo 32.- " Ya basta".



En medio de una calle abarrotada de gente de una gran ciudad, caminaba y podía verse así mismo, como si sobrevolara aquella situación, desde fuera de él, aunque sintiendo desde dentro, viviendo sus sensaciones Y entre todas ellas, por encima de todas las demás, resaltaba una percepción trágica. Presentía un peligro inminente. Primero como una preocupación aguda y difusa localizada en alguna parte central de su pecho. La gente caminaba sonriendo de una forma extrañamente generalizada y familiar. Todos parecían compartir un mismo chiste invisible y universal. Un gato fijó su mirada en él y aunque toda la gente alrededor le ignoraba, como haciendo por no mirarle, él sabía que hablaban de él, que se reían de él. Quijares les miraba aislado, desde un mundo descolocado pero propio. Todo era ajeno y el miedo paralizante le impedía afrontar aquella realidad fría y desconcertante. Si superando el pudor conseguía cruzar alguna mirada, percibía un cierto gesto de burla y compasión, jocosa e infantil. Al pasar caminando, en un banco, al lado de un parque, descubrió a Ricardo, estaba al lado del mar, en ese momento ya no existía la gran ciudad y entonces precipitadamente cambio su rumbo para llegar a su encuentro. Era la salida, él estaría de su parte. Al llegar a sus inmediaciones comprobó que se abrazaba con Colleen y sintió vergüenza. Quizás estaban desnudos. Se detuvo, dudó de su inicial propósito de pedirle ayuda o alguna explicación. Inmediatamente su rostro se volvió hacia él y esbozó una sonrisa misteriosamente idéntica a la de toda la muchedumbre que se había cruzado con él. Quiso entonces correr, ya no tenía otra posibilidad, pero el miedo le paralizaba, llegando a duras penas a otra acera. Otra vez estaba en la gran ciudad que ahora podía reconocer. Era Madrid, si la Gran Vía, llegando a la plaza de Callao. Toda la acera llena de gente, de la misma gente, frente a la que cada vez sentía más temor, vergüenza, culpa. Tenía que buscar un portal donde refugiarse de ese peligro indeterminado pero cierto que él sentía de forma cada vez más invasiva, paralizándole, las piernas, los brazos, hasta el punto de andar con dificultad, la lengua, la respiración cada vez más trabajosa. Entonces vio una gran grieta en un edificio y comprobó como poco a poco se hacía mayor, después otra grieta similar en el asfalto, y como si hubiera aprendido a verlas, descubrió otras muchas en los demás edificios, en los semáforos, en las ventanas, incluso en el rostro de alguna gente. Todo estaba a punto de desmoronarse, como un castillo de arena. Ahora ya sabía la razón de su desconsuelo, el motivo de su miedo que ya era terror atenazado a su garganta, como un grito retenido luchando por salir a un mundo que le rodeaba, pero del que se sentía separado, como si estuviera encerrado en una campana de cristal invisible. Arriba, por encima de los edificios, en un espacio lleno de luz, Svetana desnuda le hacía gestos invitándole a acercarse, insinuándose con besos al aire y movimientos sutiles y estremecedores. Miro alrededor, intentó impulsarse para volar, arañando el aire. Entonces el grito detenido en su garganta se hizo grande, oscuro y caliente, sintió como le quemaba y como hacía arder su cuerpo, ya empapado en sudor. El grito se hizo más grande y rugoso. Sintió unas ganas irrefrenables de gritar, de dejarlo salir, aunque para ello necesitaba implicar todas sus fuerzas, todos sus músculos, que se tensaron hasta conseguirlo: gritó y una milésima de segundo después escuchó su propio grito en el silencio y la oscuridad de su cuarto.
Se incorporó en la cama, empapado en sudor, con lágrimas en los ojos tanteando con su mano temblorosa, buscando con la yema de sus dedos que palpaban la superficie lisa y fría de la mesita de noche , la forma ovalada del interruptor de la luz.
Eran las cuatro y diez de la madrugada y podía recordar con todo detalle una pesadilla que, con algunas variaciones no esenciales, había vivido ya demasiadas veces. Pensó en abrir la mesita, sacar una micropastilla del blister medio acabado y salir otra vez así de la situación, pero decidió levantarse. En la madrugada profunda y silenciosa escuchaba su respiración agitada cuando supo con una certeza metálica y definitiva que tenía que poner fin a todo lo que estaba sucediendo: ya basta. Las palabras aparecían con claridad en su cabeza e inventó la conversación que tendría con Ricardo y Svetana, las dos personas que le acompañaban en su delirio desde hacía año y medio. Solo aparecería él como único responsable y justificaría todo lo ocurrido, como una locura de un viejo y fracasado policía que quiso por ser héroe. Asumiría su responsabilidad disciplinaria o, incluso penal . Solo pediría un poco de discreción y, entregaría todo los datos acumulados en todo ese tiempo y perfectamente ordenados en el ordenador portátil que había transformado su vida hasta acercarla demasiado a la pesadilla que acaba de volver a sufrir. Primero Ricardo, después Svetana. Miró el reloj que ella le regaló con la que podía avisarla en cualquier momento de peligro. Pensó pulsar la combinación de números y el botoncito que activaría el mensaje. No, sería mejor primero Svetana, después Ricardo.

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martes, junio 12, 2007

Capítulo 31. "Sigue contándome".

- “En principio la idea es bonita y bien sencilla. Después de los bombardeos en Sarajevo, la Biblioteca Nacional se quedó hecha unos zorros Por lo que me cuenta un vecino y amigo de la calle Kaptol 28, durante el cerco que sufrieron entre el año noventa y dos y el noventa y cinco, salías a comprar el pan y volvías con una pierna amputada. Cuántas heridas abiertas por el germen corrosivo del nacionalismo, en éste caso de los serbios. Te cuenta y no acaba. Dice que el vio perfectamente cómo cayeron las bombas sobre la biblioteca y cómo ardían por millones, libros, manuscritos, documentos históricos. Qué poquito el gusta a esa gente lo de los libros. Te das cuenta que es siempre igual.
Habían pasado meses sin que Quijares y Ricardo pudieran encontrarse en la tranquilidad del apartamento que el inspector madrileño mantenía después de renovar por un año más el alquiler y conseguir que le cambiaran la ducha que definitivamente, a pesar de diferentes chapuzas, no funcionaba. El otoño estaba siendo especialmente lluvioso y se habían sucedido los viajes y los compromisos profesionales. La relación de Collen y Ricardo iba cuajando mes a mes y, sin duda, era otro factor que explicaba las dificultades para encontrar la el lugar y el momento para reencontrarse y comentar los últimos y decisivos acontecimientos en esa historia apasionante, pero escondida, que entre los dos estaban escribiendo.
El gobierno español había acordado reconstruir la Biblioteca Nacional de Sarajevo en el marco de los programas de ayuda al pueblo Bosnio programados y costeados en su mayor parte por la Unión Europa, pero gestionados en éste caso por el Ministerio de Cultura español. La semana había sido especialmente agitada pues habían tenido lugar en diferentes sedes, las distintas firmas de acuerdos y protocolos de actuación, y el embajador tenía una presencia necesaria y privilegiada. Después de la enésima escolta móvil hasta el aeropuerto, Ricardo había concluido sus funciones y, por fin había encontrado un hueco para escaparse al apartamento de Quijares. A su novia le había contado que tenía que organizar nuevos eventos para el sábado y que se quedaría hasta tarde en la embajada. Era la primera vez que le contaba una milonga para no quedar con ella y eso le hizo pensar que aquella relación podía ser la definitiva. Después del tercer bote de Sarajeska, que era la cerveza preferida de Quijares, auqnue Ricardo prefería la Premium, tenía necesidad de rajar, de soltar todo el veneno que había acumulado aquella semana , antes de charlar, sin prisa y relajado de su historia.
-“ La cosa es bonita y simple: España ayuda a reconstruir la Biblioteca Nacional. Me parece bien, pero ¿sabes cuantos han venido para empezar el proyecto? .No te lo vas a creer: ciento treinta y cinco. Por mis cuentas, solamente una veintena han trabajado algo. Lo demás de turismo y, más de la mitad acompañantes. Qué maravilla. Y lo peor es que todos quieren sentirse seguros con un coche oficial y un escolta y, por mucho que te esfuerces al final todos se van cabreados. “

Un silencio después de la larga perorata dejó entrever que, como hacía ya tanto tiempo, ambos vivían con una doble pista en sus mentes. Una de ellas estaba ocupada siempre por su aventura oculta. Tras el silencio, se miraron y no necesitaron explicar en qué estaban pensando. Quijares se acomodó en el sillón y después de encender un pitillo y sin mirar empezó a contarle:

- “La situación es exactamente la que imaginábamos. Lo primero que he confirmado estos días en Sofía es que siguen mosqueados conmigo. Mandaron a otro chaval jovencísimo y super listo. Me dijo que no me preocupara, pues eran medidas de seguridad interna que estaban sufriendo todos. Los de la nueva dirección tienen la sensación de que tienen topos infliltrados en todas partes y para hacer cualquier movimiento, están estudiándolo siete días antes. Me dijo que incluso un ingeniero industrial esta estudiando las filtraciones, como si toda la organización fuera una máquina. Me habló de unos esquemas de seguridad muy complicados…Tenía la sensación de que intentaba consolarme. La verdad es que era un poco ingenuo y después de cuatro cubatas me contó las tres reuniones programadas, casi al pie de la letra. Cada cinco minutos decía: esto queda entre tú y yo. La verdad es que casi nunca había salido del caserío y estaba fascinado con su primera experiencia exterior. Necesitaba contárselo a alguien y solo tuve que darle unos cuantos golpecitos en el hombro. Cuando lo vieron los del turbante, querían retirarse por entender que era un interlocutor demasiado joven. Me contó que pensó en contármelo para arreglarlo, pero aguantó el tirón y al final aceptaron. Pero incluso el reconoce que la imagen de a organización quedó un poco tocada. Me imagino que cuado empezara a hablar idiomas, como lo hace este chaval, se darían cuanta de que, a pesar de su juventud es un tipo muy valioso.
Ricardo cambio radicalmente su actitud y escuchaba con atención la narración que Quijares le hacía de los pormenores de la que había sido, primera reunión entre los del Norte y los del turbante, celebrada casi un mes antes en Sofía y de la que habían sido sus gestores por encargo de la organización.
- “ Pero como te decía, nada nuevo o que no esperáramos". En ese sentido un poco decepcionante. Parece que tiene miedo de que estos contactos se filtren internamente, pues del debate después del leñazo en las do torres, ha quedado una necesidad casi neurótica en todas las bases de diferenciarse de los integristas religiosos. Ya sabes, su discurso conocido, nosotros somos revolucionarios y no integristas religiosos, como ellos. Pero a pesar de todo, necesitan dinero y, sobre todo agujeros nuevos donde esconderlos, después de que el del bigote les haya dejados sin una hucha tranquila. Los otros tiene claro que quieren golpear fuerte al del bigote. Dicen que ha modificado acuerdos implícitos y no tienen duda de que eso no puede hacerse impunemente. En cuestiones de inteligencia, es increíble, pero parece que todos tirios y troyanos, gobiernos y maleantes, piratas y embajadores, se guardan un respeto reverencial y exigen atenerse a las formas. Si el bigotes quería cambiar el criterio tradicional de hacer la vista gorda a las células islamistas con base en España, debía haberlo hecho por las buenas, según ellos. Y eso significa, haberles avisado del cambio de criterio para que pudieran replantearse sus estrategias y sus localizaciones. Pero dicen que es intolerable que les haya traicionado actuando por sorpresa. Y les debe haber hecho mucho daño. Parece que el noventa por ciento de la información de lo ocurrido en las torres que se cayeron, procede de los servicios de inteligencia españoles. Eso dice en Peio este que le contaron. Lo tiene claro, quieren darle duro. Dicen que la anterior política de tolerancia estaba pactada y que hay terceros países afectados. Supongo que los vecinos nuestros del sur.
Ricardo le interrumpió:
- “¿Y sabes si estos del sur se han metido en el ajo también?
- “No lo pudo asegurar, pero dice que le dijeron que hay otras personas dispuestos a ayudarles y con importantes contenidos de inteligencia para ponerlos a su disposición. Me imagino que eso son los del sur.
- “No pueden ser otros”
- “La cosa es que necesitan información, materiales e incluso gente. Los del norte, me parece que no están dispuestos a darles gente, pero materiales y toda la información que tengan si. la cuestión es ponerse de acuerdo en el precio y eso. Esos tío parece que tienen toda la pasta que quieran. Viven con cuatro trapos, pero creo que llegaron a Sofia en helicóptero. Me contó también que han iniciado contacto con gente de la oposición”.
- “Si que están cotizados”.
- “La verdad es que así es. Y no te imaginas como eso les alimenta la autoestima. Están encantados de haberse conocido”.
- “Sigue, sigue contándome”.


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viernes, mayo 18, 2007

Capítulo 30. Amapolas.

Cuando la tarde cae, el viento deja escuchar su voz en las montañas. Es como un lamento lejano, la voz de un niño gigante asustado, que grita desde el fondo del collado. El tiempo se hace visible al comprobar como esa bola de fuego se esconde lenta pero perceptiblemente en el horizonte. La soledad de unos matorrales en un paraje habitado solo por algún lagarto que aparece en las horas de sol, se ve apenas interrumpida por la silueta de un hombre, alto, enjuto, de largas barbas, que viste una chilaba del mismo color pardo de la tierra y que con pasos tranquilos, como cansados, se acerca, con sigilo, hasta el punto más elevado.
“Dios es grande, Dios en grande”.
En sus ojos cerrados puede ver el universo como una sola cosa. Abre sus manos y las extiende levemente hacia el cielo morado, casi rojizo. Siente el aire fresco que roza la piel blanca y delicada de la palma de sus manos afiladas, de uñas largas, pero limpias. Inspira y siente como penetra a través de su poblada barba con un leve susurro, el aroma a tierra seca, polvo y jara. Abre los ojos y allí donde el sol, se esconde, en su alma ve la Tierra girar.
“Dios es grande, Dios es grande”.
Un leve vendaval levanta algunos matojos secos y hace levantarse su túnica. Siente en lo más profundo aquella ráfaga de aire como otra confirmación de que su plegaria es escuchada por el Gran Creador de aquella inmensa bóveda que ahora él puede contemplar, cuando algunos mínimos puntos de luz muestran que su Grandeza no acaba en la Tierra, sino que se extiende por estrellas y constelaciones. Una corriente de comunicación limpia y directa le une con aquella infinita belleza. Todo su ser entonces se enaltece y siente de nuevo dentro de sí, la carga infinita, el deber excelso, la grandeza y la miseria de haber sido elegido por El Creador, para defender su Reino, de todos sus miserables enemigos. Allí delante como cada tarde eleva sus manos al cielo, contemplando con el último rayo de sol, la majestuosa quietud del escenario del combate.
Una roca de perfil amable le sirve de asiento. En su mente repasa los escenarios del combate, la fidelidad de sus generales, el inevitable curso de los acontecimientos que cada día le confirman su destino como enviado de dios para salvar a los hombres de quienes han hecho de la avaricia la única regla admisible, de quienes organizan cada día el asalto a pueblos indefensos para esquilmar los recursos que el Creador, el Benefactor, el Único, les regalo para alimento de sus hijos, de los responsables de tanta sangre inocente derramada en tierras santas. Y a la paz infinita de su alma asoma una corriente fría y precisa de rabia, palpa entonces una saliva espesa y amarga en su paladar y cierra los puños mientras tuerce el gesto y sus labios esbozan una mueca de odio y desprecio.
- Dios es grande y vengará su pueblo inocente. Dios nos ayuda cada día a luchar contra el infiel. Ellos tienen los aviones llenos de bombas, pero nosotros tenemos cientos, miles de soldados de Dios, dispuestos a luchar en su nombre, a morir en su sagrado nombre.
Los pensamientos le han levantado de su asiento. La rabia le hace caminar, moverse, hacia ninguna parte. Ya cayó la noche. Brilla como una señal Venus cerca de un horizonte rojo, violenta y morado que solo es una línea a punto de extinguirse. Clava sus rodillas en la Tierra y la besa como un soldado, elegido para la Gran Batalla.
El Gran Creador hizo que naciera en el punto exacto del mundo que le daría la oportunidad de conocer la Verdad. Vio la luz hacía ya cuarenta y nueve años en el seno de una familia de fieles, en Tierra Santa. Pero ha vivido en el corazón mismo del mundo infiel, donde el único dios es el dólar. Sus abuelos poseían una tierra que escondía en su vientre el tesoro negro que mueve el mundo. Hasta allí llegaron gentes de ojos claros y tez muy blanca, siempre sonrientes y siempre dispuestos a todo para acumular más riqueza. Como uno más vivió con sus hermanos en ese mundo podrido que un día comprendió que debía destruir para gloria de su Dios, el Único.
Después de crecer muy cerca del desierto y de la mayor riqueza, se trasladó a vivir como joven estudiante al centro del imperio, de la nación que domina hoy el mundo, como un día lo hizo Egipto o Roma. Tocó la fibra suave y caliente del poder exactamente en el lugar exacto donde reside.
Cuando la heroína se convirtió en la sustancia capaz de general más beneficios económicos en el menos tiempo posible, la vieja potencia comunista quiso para sí ese tesoro y decidió invadir el lugar del mundo donde el Gran Creador sembró millones de semillas, bajo un paisaje árido y desolado, haciendo que crecieran casi por generación espontánea esas plantas de flor roja y de pétalo casi de papel de seda, conocida también como amapola, en cuyo corazón, como una leche mágica y vegetal nace el opio. Esa misteriosa sustancia que procura desde la más remota historia del oriente un sosiego tan especial al alma humana, se convirtió en la mitad del siglo veinte en un negocio de primer orden, solo comparable al de las armas en períodos de conflagración mundial, al petróleo y a los diamantes.
Quiso El Gran Vengador que mi humilde nombre apareciera en los despachos más oscuros del Imperio, para ser el defensor de aquel pueblo invadido. Tuve así la ocasión de conocer desde dentro ese monstruo que desde hace un siglo devora pueblos enteros en nombre de al libertad. Fui su emisario para un cometido que, en aquel momento yo creía noble, pero que ahora sé que era en realidad era ruin, como todo lo que sale de sus mentes enfermas. Quisieron que expulsara de los campos de opio al invasor ruso y para eso me entregaron dólares y una estrategia espléndidamente diseñada para engañar a ese pueblo milenario. Siempre pensaron que era de los suyos y los favores de mi padre en asuntos de petróleo a apellidos importantes de aquella tierra infiel, hacían que tuvieran muy baja la guardia y me enseñaran demasiado. Mucho más de lo que hubieran querido que yo supiera. Y un día entendí que incluso habían utilizado Tu Nombre para sus miserables propósitos. Entonces entendí que solo Tu Mano podría tener la capacidad de mover tan bien los hilos que mueven las cosas que ocurren cada día, para permitir a un hombre ver desde tan cerca la Verdad de los que ocurre en la Tierra. Y desde ese mismo día entendí Tus palabras que nos convocan una lucha permanente y total contra el infiel para devolver a los hombres la paz que tu tienes reservada para ellos. Ese día comprendí mi alta misión y responsabilidad y empecé a preparar esa gran batalla en la que Dios de los guerreros cada día me ayuda. Tu me enseñaste también que toda la información que de ellos sabía, era suficiente para que mi impunidad estuviera asegurada.
Y después de que, desde nuestra fe en el Altísimo consiguiéramos expulsar al ruso invasor, un día comprendí que tenía que escoger entre consumar la felonía para la que me habían elegido o, consciente de mi misión en la Tierra al servicio del Único Amo
, empezar a liberar a aquel pueblo, del yugo del opio y a la Tierra y a los Hombres, del Mal en estado puro, del que todavía recibía mis suculentos emolumentos.
Y aquí estoy después de los años, frente a ti Dios de la Noche, para ofrecerte mi alma y pedirte fuerzas renovadas cada día para nuestro combate.
OH! Dios ayuda a nuestros emisarios en Sofía, ilumina sus mentes y dales la claridad y la valentía necesaria para que sepan iniciar como dignos soldados de Tus Ejércitos, la batalla del Al Ándalus, usurpado hace siglos por los infieles, ahora aliados como hermanos de sangre al
Gran Infiel, al ese monstruo del Mal al que desde el cielo, hace ya un año tu castigaste como se merecía.

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miércoles, abril 18, 2007

Capítulo 29. Satélites.


Después de cada detención y de acuerdo con un protocolo antiguo y conocido de todos, se abría un periodo de silencio en el que nadie podía hacer ningún movimiento. Conocidas las detenciones por cualquier medio, había que “congelarse”, como se decía en el argot, quedarse en la misma posición y como en una foto fija. Al principio eran tres días, pero luego el plazo se fue ampliando y ahora estaba en diez días de congelación. El mismo periodo de tiempo que podían durar los interrogatorios policiales.
Inmediatamente después comenzaba una caza de brujas, cada vez con una dosis de nerviosismo e histeria mayor. La cúpula del momento se reunía en el lugar convenido para analizar el fallo de seguridad que había provocado el desastre. Lo normal era que después de la operación policial, detectaran la ausencia de algún miembro relacionado con los detenidos. Mirando hacía atrás detectaban detalles que les permitían concluir que se trataba de un infiltrado.
Cuando se consideraba detectado el origen del fallo de seguridad con una relativa certeza, comenzaba el análisis de la información que podía haber sido intervenida para adoptar los cambios necesarios y prevenir nuevas detenciones, la mayor parte de las veces inevitables.
Lo extraño, de las detenciones que empezaron a producirse a finales del 2003 era que en el análisis posterior apenas podían pasar con una mínima certeza de la primera fase. Cuando la policía utilizaba la información suministrada por un infiltrado, se decían que este quedaba quemado y por eso desaparecía del mapa como si se lo hubiera tragado la tierra. No estaba ni entre los detenidos ni entre los que habían escapado. Pero últimamente no ocurría nada de eso y la dirección no era capaz de detectar en agujero de seguridad.
Por eso, al inicial entusiasmo por las nuevas tecnologías, que les permitían establecer sistemas de comunicación por talky-walkies para blindar todo un valle en el Goierri y celebrar sin riesgos una asamblea, o que les facilito interesantes debates vía mail, en los momentos posteriores a la tragedia de Nueva York, había sucedido un recelo que se acrecentaba día a día hasta al paranoia. Todos en la cúpula de la organización sospechaban que el enemigo estaba estrenando alguna arma nueva y temblaban pensando que pudieran sufrir un descalabro semejante al de la conocida como Operación Bidart. Los expertos en informática y comunicaciones estaban alertados desde hacía meses, pero no encontraba la explicación que pudiera detectar para inocuizar un fantasmagórico fallo de seguridad que les preocupaba hasta casi llegar a paralizarles.
Por eso Quijares, que había encontrado el cofre del tesoro con un ordenador personal y una simple conexión a Internet, comprobó como cada vez eran menos los contactos y las comunicaciones. En un primer momento lo interpretó como un síntoma de desconfianza que podía ser indicio de que su falsa identidad estuviera a punto de ser descubierta. Lanzó algún mensaje de queja con alguna clave escondida para comprobar lo que pasaba y finalmente, llegó a la conclusión de que la dirección sospechaba que la mayor parte de los fallos de seguridad podían proceder de la participación de potentes servicios de inteligencia extranjeros o la entrada en el terreno de juego de un par de satélites, o algún nuevo artilugio de chips entregados por los americanos al españolito del bigote en agradecimiento por su creciente sintonía con la política exterior, agresiva y beligerante del americano.

Cuando él contó ese proceso de progresivo silencio o alejamiento, Svetana le propuso un sistema de comunicaciones seguro a través de satélites controlados por la República de China y Quijares hizo llegar la propuesta a la dirección, sin que fuera posible un acuerdo económico, atendido el lamentable estado de las arcas de la organización. Aunque era un final esperado, pues las cifras de la oferta eran astronómicas, Ricardo y Quijares entendieron que podían obtener un rédito personal solo con el ofrecimiento. El crédito político del Pirata tenía que reforzarse y para los del Norte, aquella oferta sorprendente les hizo recuperar su antigua admiración por la capacidad de aquel militante distante y desconocido para todos los jóvenes, que eran ya mayoría, para entrar en contacto y conseguir las cosas más increíbles en el mercado negro y paralelo al oficial, del que las organizaciones clandestinas tenían que surtirse para sus necesidades más elementales, no solo de armamento y munición, sino de todo lo relacionado con comunicaciones en la era de los móviles y del GPS, cada día más útiles y necesarios para ellos. Aquel viejo romántico, seductor y políglota, empezó falsificando carnés de identidad y pasaportes, después consiguiendo todos los programas de ordenador y sus actualizaciones a precios de saldo o gratis. Cuando ese maestro del cambalache saltó a las armas y municiones llegó a concertar operaciones a tres bandas intercambiando información, armas y drogas. Por todo eso, el apodo de “ El Pirata “ tenía una significación mítica dentro de la organización. Y efectivamente la última oferta de alquilar un satélite para las comunicaciones seguras era la última muestra de la calidad de aquel viejo luchador convertido en corsario-conseguidor y ministro de asuntos exteriores de aquel grupo fanático-nacionalista.
Le emplazaron de forma lacónica en Ámsterdam el segundo fin de semana de septiembre. Aunque no quedaba claro parecía que sería una entrevista directa con alguno de la ejecutiva. No sabían quién, ni siquiera si el designado tendría relación personal con el Pirata. Otra vez Quijares y Ricardo tenían que encerrarse a releer apresuradamente toda la información que habían extraídos del ordenador y que poco a poco clasificaron.
Tenían un par de días para responder, pero Svetana no les dejó ni un minuto.
- “¿ Te das cuenta que ahora es ella la que toma las decisiones?”. Le imprecó Ricardo cuando Quijares colgó el teléfono. “Sabía que los regalos no serían gratis y te dije desde hace tiempo que no era tan fácil de entender la posición y el juego que tenía aquella mujer.”
Quijares le miró directamente a los ojos, y con cierto temblor en la voz le contestó.
- “Ella es ahora nuestra principal garantía para salir ilesos de esta aventura. No tengo ni idea de cuáles son sus intereses, pero estoy completamente seguro de que no nos va a traicionar. Sin ella, sinceramente, no sé si estaríamos vivos a éstas alturas”. Bajó la mirada y después de un silencio reanudó su perorata que sonaba a desahogo esperado y deseado desde hacía tiempo. “ No nos obliga a nada. No sé si te lo comentado, pero ella me dijo que cuando quiera, o sea cuando queramos dejarlo todo, se encargará de asegurarnos un sitio seguro y los dólares necesarios para vivir tranquilos”. Encontró el encendedor con cierta ansiedad y, antes de encenderlo para prender un cigarro concluyó: “ No nos obligada a nada, pero Ricardo, si no esta ella detrás, prefiero dejarlo todo”.

Entonces sonó el móvil de Ricardo. Llamada anónima, es decir, era el Embajador.
Quijares miraba expectante.
- “ Que me tiene que ver urgentemente”.
- Llámame luego.
Ricardo necesitaba la tensión que en ese momento se palpaba para vivir. Sonrió y se despidió:
- “ Luego te llamo, pero no te agobies, por favor. Ya veremos como toreamos a la rusa.”

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jueves, marzo 29, 2007

Capítulo 28. La conexión búlgara.

Un noruego borracho aporreaba el piano del lobby en el Hotel Sheraton de Sofia. En la mesa contigua, dos colegas le sugerían nuevas melodías que entre risotadas aquel tipo de rostro congestionado y barriga rebosante, conseguía hacer sonar con unas manos regordetas y pecosas. De vez en cuando introducía alguna interrupción para adornar las torpes notas con algún cometario jocoso que provocaba una nueva explosión de carcajadas. Probablemente habrían cerrado algún negocio ventajoso en aquella ciudad en la que todo estaba por hacer. Podían ser vendedores de cables eléctricos, de tuberías de conducción de agua, o de abono para remolacha, cualquier cosa.
Quijares llegó sobre las ocho de la tarde después de tomar un sándwich en una cadena de comida rápida cercana. Era viernes siete de septiembre y había quedado allí con un hombre de los del turbante, que se identificaría por llevar un sombrero en la mano. Svetana le había asegurado que tendría siempre dos hombres cubriéndole las espaldas, pero en aquel lugar no conseguía identificar a ninguno que ofreciera el perfil de sus ángeles de la guarda.
Era un salón amplio al que se accedía después de atravesar un lujosísimo hall circular de techos altísimos adornados con una impresionante lámpara de piedras cristal y el enorme mostrador de recepción con joven sonriente incluida. Estaba enmoquetado en verde pálido y los sillones de cada mesita eran de cuero de un tono parecido. Flotaba en el ambiente un leve aroma a buen café y detrás de las voces del noruego podía escucharse una música suave con versiones para orquesta de grandes éxitos.
Un camarero uniformado se acercó a su mesa y le entregó una pequeña carta con los diferentes cafés, infusiones y licores. Pidió un te verde y tras anotarlo, aquel hombre alto y con aspecto atlético le dejó discretamente un pequeño sobre encima de la mesa, sin mirarle apenas, al tiempo que se daba la vuelta. Lo abrió y se encontró una nota cariñosa de Svetana. Mirando las espaldas de aquel camarero alejarse se sintió un poco más seguro.
La organización, a pesar de haber cruzado durante el mes de agosto varias comunicaciones, le había negado la carta blanca para las gestiones previas para preparar aquella reunión. Noto una cierta desconfianza y en una vuelta de tuerca más en esa tendencia que detectó en la nueva dirección, tras las detenciones de julio pasado, en el sentido de recortarle facultades o , lo que es lo mismo , mostrarle ciertas reservas, le había hecho saber que no participaría en los encuentros, ni siquiera en calidad de interprete, como era habitual, asumiendo ellos esa función con algún miembro joven de la delegación que fuera designada. Todo apuntaba a que los hombres de información del estado habían conseguido infiltrarse a un nivel muy superior al de etapas anteriores y , tras el enésimo descabezamiento, la nueva dirección mucho más joven que las anteriores, se mostraba también más insegura y recelosa, sobre todo respecto de los que ellos consideraban “vieja guardia” y mucho más respecto de alguien que ni siquiera conocían y del que nunca habían oído hablar bien en cuanto a el rigor y el cuidado en materia de seguridad. Aquella noticia que le dejaba fuera de las reuniones, relegando su actuación a mera agencia de viajes o gestor turístico, le había llevado a considerar de nuevo la posibilidad de buscar un final a aquella aventura, pero de nuevo Svetana encontró la solución. Ella estaba más interesa que él en conocer el contenido de aquellas conversaciones y se encargaría que fueran grabadas íntegramente.
Pasadas las ocho y media apareció un tipo delgado, de tez muy morena, que cojeaba ligeramente y que llevaba una gabardina apoyada en el antebrazo y un sombrero. Al pasar al salón se detuve levemente y dio una ojeada. No le fue difícil encontrar al hombre con el que estaba citado. Además del grupo del noruego que había abandonado ya el piano y ahora bromeaba con un par de chicas apoyadas en los brazos de su sillón, solo había otra mesa con dos matrimonios de unos setenta años y el propio Quijares. Al encontrarse con la mirada, Quijares levantó levemente un dedo y hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

El mismo camarero que le había servido le retiró el sillón para que se sentase.
Cruzaron saludo y presentaciones. Su rostro era claramente árabe, a pesar de presentarse con un nombre italiano. En su primera intervención se refirió, en un buen inglés a “la organización que me ha comisionado”, como si nada tuviera que ver y fuera un mero emisario. Le trasladó un saludo de las más altas autoridades y le hizo saber que habían analizado la propuesta del lugar y las fechas y tenían para ambos cosas una respuesta positiva. En relación al protocolo de comunicaciones, a pesar de que había funcionado bien, tenían alguna corrección que hacer y respecto de la financiación estaban dispuestos a asumir todos los costes del evento, excepto el traslado de la delegación de los del norte. Aceptaron compartir la seguridad para lo que explicó un posible sistema de credenciales, que Quijares no llegó a entender del todo, pero que estaba explicado con más detalle en los archivos informativos que le entregó en un pendrive camuflado en un bolígrafo del propio Hotel Sheraton de Sofia.

El lugar en donde tendría lugar la reunión, tenía su entrada a través de una suit del propio hotel que daba acceso a un largo pasillo, al final de cual se pasaba a estancias enmohecidas, con muebles viejos de buena madera y paredes desconchadas de las que , en cualquier lugar colgaba un reloj circular parecido al de las estaciones, habían sido el Ministerio del Interior en tiempos del régimen comunista. La extraña mezcla entre el sistema comunista más tétrico y cruel, y el capitalismo más despiadado, que sobrevolaba aquélla ciudad que introducía una conexión búlgara a toda la trama, encontraba su expresión plástica directa en aquel edificio. Se trataba de un espectacular edificio cuadrado, con un patio central en donde podían verse semienterradas algunas ruinas de edificio de la época romana y prerromana de la ciudad, que en sus lados visibles era ocupado por el hotel Sheraton. Un letrero con el nombre de la conocida cadena hotelera ocupaba toda la parte superior de uno de los lados del edificio y ese frontal estaba adornado con banderas de todos los países y la exuberante iluminación que mostraba el grandioso edificio con el detalle de sus numerosas ventanas y balcones. Justo el lado opuesto de ese mismo edificio albergaba instancias oficiales, y las mismas ventanas que por un lado prometían el lujo en la intimidad de los más ricos del mundo, ahora sugerían legajos y expedientes archivados en las lúgubres oficinas, en donde yacían escondidos los peores y más turbios asuntos de un régimen que fue dirigido por rostros ocultos que, después de los años seguían ocultos, y lo que era difícil de entender , seguían gobernado. Aquel edificio retrataba la curiosa situación perceptible en aquel país del Este , como en tantos otros que Svetana conocía tan bien: en muy pocos años, había cambiado todo, menos los oscuros personajes que tenían y ahora seguían teniendo el poder.

- “¿Porqué eso te extraña tanto? Así es, my love, la selva. Por eso estaremos seguros”.

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lunes, marzo 12, 2007

Capítulo 27. Agosto y diamantes.


Durante el largo mes de agosto, prácticamente solo en Sarajevo, con esa calma que el calor y la luz del verano transmiten a la gente incluso a las cosas, Quijares tuvo el tiempo y el silencio que necesitaba desde hacía tantos meses para repasar acontecimientos que se habían sucedido con demasiada celeridad. Al fin pudo ordenar el apartamento que después de encajar cada cosa en su sitio, parecía mucho más grande. Encontró notas que había buscado hasta la desesperación con un teléfono apuntado con prisa, monedas perdidas, pañuelos de papel usados, calcetines, entradas del teatro de meses atrás, el postizo que quizás tenía que volver a utilizar para disfrazarse. En la oficina repasó mil veces las memorias y los informes de las actividades realizadas en el curso que había terminado, pero ya afrontaba su segundo año en aquella ciudad con la soltura del veterano. La programación del curso anterior, con sus horarios y memorias descriptivas, que le había costado dios y ayuda. La del año entrante estaba cumplimentada antes de que terminara la primera semana de Agosto. Los despachos del viejo edificio estaban medio vacíos y muchos días apenas estaba por allí un rato para hacer acto de presencia y revisar el correo. Mirando por la ventana a la calle abrasada por el sol reflexionaba de la asombrosa similitud de la vida en todos los rincones del mundo. Mirando un mapa, cualquiera puede imaginar misterios en países lejanos. Todos los libros de viajes han resaltado hasta la alucinación, desde ese asombro optimista que embriaga habitualmente la mente del viajero, las diferencias, las curiosidades, las extravagancias del lugar al que llegas y crees descubrir, olvidando habitualmente las ancestrales e inexplicables costumbres de tu propio pueblo, a las que por estar acostumbrado, ya no consideras así. Lo cierto, pensaba, es que en todos los lados el calor hace que la gente se esconda en alguna sombra a tomar algo fresco y que con el sudor en la piel, el paso del tiempo se ralentiza, hasta casi detenerse cuando el sol está en lo más alto.
Una mañana, después de arreglar por quinta vez los escasos papeles que tenía encima de la mesa de su despacho, pensó en escribir todo lo que le estaba pasando, la apasionante sucesión de hechos asombrosos que comenzaron un año atrás. A veces tenía necesidad de contarlo a alguien. Esa mañana, sin nada mejor que hacer, sobre una cuartilla apuntó un borrador de esquema que abarcara toda la historia. Después de varios intentos, arrugó el folio y lo lanzó a la papelera. Aquella historia estaba demasiado viva y no se dejaba atrapar todavía en un texto. La podía empezar de mil formas y comprendió que el principio de una historia está directamente relacionado con el final sobre el que ni siquiera tenía valor de pensar. Cómo terminaría aquello era un misterio que le intranquilizaba. El principio fue solo fue un juego, una pillería del policía que quiere saber más de lo que sus jefes quiere que investigue. Más tarde, en algún momento se le pasó por la imaginación actuar como el funcionario ejemplar que después de descubrir todos los datos que salvaran a su país, los ponía a disposición de sus jefes. Pero en los dos últimos meses también ese final se había desdibujado y, tras participar activamente en una reunión a la que hace un año ni por asomo podía pensar que llegara a estar presente todo cambió. El siguiente paso había sido asumir el encargo de colaborar en la organización de un encuentro entre miembros de los del norte con los del turbante. Se daba cuenta de que había cruzado una frontera que le impedía volver atrás. La cercanía de Svetana y su implicación en su aventura había tenido mucho que ver. Ella le dio la seguridad que en algún momento le faltaba y una perspectiva de aquella curiosa aventura mucho más amplia. Ahora empezaba a imaginarse un final en donde ella tuviera algo que ver. A través de aquella mujer había empezado a entender el mundo, como si ella le hubiera abierto los ojos. Nunca había mirado la realidad desde tan arriba, desde la perspectiva de los que verdaderamente tienen el poder en su mano, como un privilegio o como una maldición. Cualquier persona ha imaginado alguna vez cómo se verán las cosas desde el sillón de un político de primer nivel, incluso había tenido ocasión, hacía años de participar en conversaciones muy cercanas y reservadas con altos cargos del Ministerio del Interior. Fueron momentos en que tuvo la sensación de “tocar” poder. Recuerda que en aquellos días vivió momentos de excitación por lo que estaba viviendo, de forma parecida a lo que el último año había sentido. Entonces empezó a comprender qué era eso que ampulosamente solían llamar Razón de Estado. En aquel esquema de las cosas, había buenos y malos, él estaba de parte de los buenos que defendían valores e ideas como el “bien común”, la “protección de los ciudadanos”, la “defensa de la sociedad” y ese conjunto de cosas que venían a justificar todo el cuento. A través de Svetana se había asomado al mundo desde una altura muchísimo mayor y eso inicialmente le había dado mucho más vértigo. Pero una vez que se acostumbró a la altura empezó a entender que detrás del gran teatro del mundo, solo hay codicia, intereses económicos de unas cuantas familias que lo saben y se conocen entre ellas y que, curiosamente, a pesar de ser las que acumulan gran parte de la riqueza de todos, matan por acumular un poco más.

“ Las guerras tienen siempre detrás dinero, my love. En África miles de personas han muerto y seguirán muriendo por culpa de la explotación de diamantes, en el desierto se despliegan las unidades de soldados americanos dirigidos por la cúpula de las grandes industrias del petróleo y allí lejos, en las montañas, donde dicen se esconde el mayor criminal y al tiempo el único mito vivo de nuestros días, la heroína explica el despliegue de organizaciones militares internacionales. Diamantes, petróleo y heroína explican el mapa de la guerra, my love, ese el mundo donde tu yo estamos abrazados”.

Aquellas palabras pronunciadas sin orgullo, casi con displicencia y desde luego sin el más mínimo sentimiento, provocaron en Quijares cierto escalofrío. En boca de aquella mujer tan poco fría, sonaban como verdades universales y así resonaban en la cabeza de Quijares que sentía como tanta gente, entre los que él se encontraba, eran engañados cada día, como niños. Cuentos y cuentos que hacían soportable, digerible la realidad a los hombres de todas las ciudades, de todos los países, desde la cuna a la tumba.

Le había regalado un pequeño saquito de cuero con unos cuantos diamantes brutos en su interior. Eran de Sierra Leona y los debía utilizar para identificarse cuando fuera a algún sitio en su nombre. Aquellas pequeñas piedras, con un valor desconocido para él, pero superior a todo lo que hubiera imaginado ganar en el mejor premio de lotería, estaban encima de la mesa, al lado de un bote vacío de cerveza y el mando a distancia del televisor. Así era todo: lo más inalcanzable para un hombre normal no tenía más consistencia, ni una existencia distinta a la de un bote de cerveza o un mando a distancia, abrazado con celo para reparar las reiteradas caídas, por supuesto. Aquellas pequeñas piedras transparentes serían su tarjeta de presentación y su mejor ayuda para la tarea que debía afrontar como coordinador de la reunión que en el otoño pondría a sus correligionarios frente a quienes un día de septiembre habían asombrado al mundo y se habían convertido en los líderes indiscutibles en el ranking macabro de las listas de los más buscados por las policías de todo el mundo.
Ella alguna vez se refirió a aquella barbarie.

“ Las policías de todo el mundo, cuando delante de un hombre asesinado, no tiene ni idea de lo que ha pasado, siempre salen del paso con una frase mágica: fue un ajuste de cuentas. Es una pena que aquel día no dijeran lo mismo, my love. Por una vez habrían acertado.”

Abriendo las ventanas y forzando un poco de corriente entre las habitaciones podía refrescarse un poco el apartamento. Puso el CD de Hotel California y apagó la luz de la mesita de noche.

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viernes, febrero 16, 2007

Capítulo 26. Sarajevo, Julio 2002.



Un olor a caucho quemado impregnaba las calles de Sarajevo cuando en las horas del medio día la temperartura superaba los treinta grados. Ricardo y Colleen se habían quedado solos durante el mes de Julio y por fin tuvieron tiempo para llegar al final de tantos caminos abiertos con una mirada o con mil mensajes cruzados en el ordenador. La ciudad estaba verde y las riveras del rio se llenaron de veladores en donde al caer la tarde encontraban un poco de fresco. En septiembre ella terminaba su compromiso con Médicos por la Paz, una ONG francesa con la que llevaba varios años trabajando y con la que trabó contacto hacía seis años, cuando llegó a París, buscando salir del mundo aburrido y cerrado de Bellharbour, un pequeño pueblo en la costa oeste de Irlanda, en el condado de Galway al que tenía que volver si no encontraba alguna salida distinta, después de terminar sus estudios en medicina. Aunque probablemente le prorrogarían el contrato dos años más, la idea de que se pronto se separarían para para siempre, les sirvió para acercarse intensamente por ahora. Ella ,desde que lo conocío, adoraba su gesto ingenuo y noble. El vio en sus ojos negros un abismo al que sabía que tarde o temprano se tendría que enfrentar. Ella supo que empezaba a quererlo mirando su nuca fuerte y recien pelada, mientras pedía una hamburguesa. Su piel de color era un poco más aspera, pero sus labios cuando él cerró los ojos para besarla la primera le parecieron infinitos. Fue un mes de julio muy caluroso.

Ricardo que durante todo ese mes mantuvo el fuego sagrado, haciéndose pasar por quien se hacía pasar por el Pirata, tuvo que utilizar en varias ocasiones los mejores recursos de su imaginación para tranquilizar a sus jefes dentro de la ficción en la que vivián hacía un año, que le reclamaban impacientes algún plan concreto para la ejecución de las órdenes que le habían remitido. Inventó excusas y pidió calma. En cualquier caso fue la bien ganada fama de outsider del viejo militante fallecido hacía un años en un tiroteo, el factor decisivo para que pudiera forzar un compas de espera hasta la llegada de su amigo Quijares. Aunque tenía previsto su regreso el día 25, no llegó la confirmción que había prometido y , por otra parte él tenía ya sus billetes de avión para salir rumbo a la Costa del Sol con Colleen el día treinta. Así que tenían poco tiempo para intercambiar información y fijar el plan de actuación para el mes de agosto. Por eso empezó a impacientarse. Fue un mes agitado y no solo para su corazón. También la Embajada estuvo revuelta.
Un Estado vecino había provocado un curioso incidente al “conquistar” con unos cuantos soldados a un pequeño islote de soberanía española. A pesar del tamaño de aquel territorio, se había provocado una alarma general en todas las cancillerías que a Ricardo se le antojaba un poco exagerada. “Parieron los montes y salió un ratón”, como había comentado el Embajador molesto por ser obligado desde Madrid a suspender una visita a China a la que había sido invitado por el agregado comercial y que le hacía especial ilusión, pues hacía diecisiete años que había estado en aquel inmenso e interesante país y quería comprobar esos cambios a los que cada vez que se hablaba de la evolución del mundo alguien se refería. Días después, cuando Quijares le contó todos los movimientos estratégicos de altísimo nivel diplomático que convergían en aquella minúscula isla se quedó asombrado. Incluso, para encontrar una salida a la situación fue necesaria la participación de las más altas instancias de la diplomacia norteamericana. Aquello demostraba que era cierto lo que su amigo le contaba: aquella maniobra pudo provocar una grave desestabilización de la zona. Y no podía olvidarse que precisamente por allí pasaba la línea caliente y de mayor tensión entre dos mundos, el norte y el sur, que a sus diferencias sociales y económicas, habían añadido un día de septiembre en Nueva York un factor que podía actuar como detonante: un componente religioso fanatizado conectado con el petroleo. Por eso un conflicto en aquella zona corría el riesgo de extenderse a gran escala alterando gravemente el actual reparto de poderes en el mundo. Entonces entendió la alerta en las cacillerías. Y aunque la salida de la crisis había sido satisfactoria, dejó una secuela: la humillación de la monarquía islámica alahuita y sobre todo la peligrosa frustración de las facciones políticas más radicales de aquel complejo país, con quienes el monarca estaba obligado a mantener contínuos e imposibles equilibrios. Porque aquel monarca medieval, había demostrado en otras ocasiones que sabía traducir a dolares el precio de su consuelo por el menosprecio a su pueblo y no faltarían inversores en muy buena disposición para ofrecerle sillones en importantes consejos de adminstración para que los añadiera a su ya extensa colección. El problema era restañar la herida de los partidos radicales que habían sentido de una menera mucho más sangrante la humillación por esa reacción inmediata y demoledora del gobierno español, que había apostado, desde el primer momento por una respuesta militar fulminante.
Aunque no llegara a confirmarlo previamente, Quijares regresó el día 25 muy moreno, algo más delgado y con un ordenador portátil pequeño y como de acero con el que podía comunicarse con su amiga rusa a traves de un satélite alquilado por ella para asegurarse un poco de intimidad en sus comunciaciones: “ si tu no tienes un satélite hoy en día, eres un donnadie chaval”, le decía mientras le enseñaba la cámara web incorporada y los últimos dispositivos de GPS con que estaba equipada aquella pequeña maravilla . Lo que Ricardo encontró especialmente útil para ellos, fue el dispositivo que tenía conectado al super-reloj de Quijares, que también le había regalado ella y que le permitía estar siempre localizado. Combinando los dos dispositivos podían mantenerse más conectados. Quien tuviera el ordenador podía localizar en cualquier momento las coordenadas del lugar donde el otro estuviera y desde donde el reloj lanzaba su señal.

“Compañeros, después de algunas gestiones he conseguido encontrar un lugar seguro, que se ajusta a nuestras posibilidades económicas y cumple todos los requisitos que me especificasteis, para la celebración del encuentro con los del turbante. Podemos elegir cualquier fecha dentro de las dos semanas finales de septiembre. En ésta ocasión he conseguido incluir en el presupuesto la seguridad del lugar, lo que hace innecesario el desplazamiento de los compañeros encargados de protección de la delegación. Quedo a la espera de vuestras noticias. Someto a vuestra consideración la posibilidad de revisar la regla referida a que todas las comunicaciones con ellos se canalicen a través de vosotros por razones de estricta seguridad. En mi opinión se trata de una duplicación absurda de las comunicaciones y, atendidos los últimos acontecimientos, deberíamos evitar determinados circuitos que pudieran ser inseguros.”


La comunicación terminaba con los vivas habituales a la patria y a la revolución y trataba de tranquilizar los ánimos un poco revueltos después de importantes detenciones que habían hecho de nuevo correr el escalafón en el sur de Francia. El Pirata siempre demostraba una eficacia indiscutible un segundo antes de que la dirección perdiera defintivamente la confianza en aquel militante anárquico, políglota y viajero.

- Y ese anillo.
- Es por Colleen.
- No me lo puedo creer.
- ¿ Qué pasa ?¿ Solo tu puedes veranear en la playa bien acompañado, chaval?
- Te juro que me lo esperaba.
- Vaya mérito…
- Espero que no le hayas contado nada.
- Aún no, pero se lo contaré. Ahora es mi novia.
- Tenemos que hablar de eso. Bueno cuándo quedamos. Tengo mucho que contarte, por cierto ¿ no te da olor como a caucho quemado?.


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martes, febrero 06, 2007

Capítulo 25.Maldivas (II)


Había recibido el encargo de organizar un encuentro con miembros de los del turbante. Debía preparar toda la infraestructura de una reunión cuyo formato estaba ya fijado desde la organización: un solo encuentro en lugar determinado por nosostros ,comunicado con cuarenta y ocho horas de antelación ,dos miembros de cada delegación, sin interpretes. El idioma sería el inglés a pesar de que ellos manifestaron su preferencia por el español . Y en el orden del día debían incluirse los siguientes puntos:
1. Presentación de las delegaciones: breve historia objetivos generalese inmediatos.Intercambio de documentación
2. Establecimiento de marco general de las relaciones: niveles de contacto, posibilidad de establecimiento de distintas áreas de conversación ( política, estratégica, financiera o eventualmente ejecutiva).
3. Propuesta de la delegación que pidió la reunión y aclaraciones.
4. Determinación de calendario de siguientes contactos.

Quijares repasaba la documentación que en un pen drive color naranja le había entregado el joven militante, intentando resumir las sesudas discusiones que venían teniendo lugar en el seno de la organización, sobre todo a partir del relanzamiento de sus posibilidades estratégicas tras las peticiones de contactos reibidas a diferentes niveles. No quería perder tiempo en aspectos completamente inútiles o retóricos para aprovechar al máximo la disponibilidad que Svetana le había mostrado y mostrarlede la manera más simple cuál era la situación y de qué manera ella podría ayudarle.
Se había instalado, quizas mejor, le habían instalado en una especie de bungalow aislado del resto del hotel, como en una pequeña isla. Contaba con un salón espacioso desde donde por unas escaleras de madera se accedía directamente a la playa y varias habitaciones distribuídas de forma circular cada una de las cuales contaba con un baño con todos los elementos de lujo imaginables. En un lado del salón una cocina americana permitía preparar alguna vianda. El servicio de habitaciones que se desplazaba en una pequeña canoa típica de la localidad, y con la que podías acceder a todos las opciones de ocio que ofertaba como piscina, sauna, masajes, restaurante, discotecas.
Después de asistir a un curso de buceo que había visto anunciado en el desayuno del segundo día, al entrar en su lujosa suit, vio una maleta en el salón pero no tuvo tiempo de comprobar si ella había llegado pues cuando iba a decir algo, unas manos le taparon los ojos y unos labios le taparon la boca. Como otras veces, Svetana prefería saludarse con hechos y dejaba las palabras para después cuando ya no tenía sentido saludarse.
- Te esperaba mañana, dijo él cuando al fin era posible articular alguna palabra.
- Me gusta darte sorpresas.
Era muy difícil mantenerle esa mirada entre agresiva y tierna, que solía acompañar de algún cambio en la colocación de su pelo. El se levantó para recoger un poco el desordenado cuarto. Ella le enseñó otra nueva y demoledora perspectiva de su cuerpo escultural cuando se dirigió al salón para traer su maleta. “ Tengo cosas para ti” , le dijo mientras la abría tecleando una clave en un pequeño dispositivo adosado al cierre .

“Informe de prospectiva para Julio 2002.
Confidencial.
Zona geoestratégica del Mediterraneo.

Rabat, Marruecos. Servicios de Inteligencia de alta fiabilidad han informado que líderes radicales del partido Jusicia y Caridad consiguieron el pasado mes de Mayo el compromiso del Monarca para llevar a cabo una acción directa de agresión contra el Reino de España en represalia por el cambio de actitud del gobierno en relación con el tratamiento de la información referida a grupos radicales isalmistas con centros logísticos en territorio español. La proximidad de la boda del Jefe del Estado y el progresivo apoyo popular a esa formación política radicales han forzado al Monarca al acuerdo del que no se han podido obtener más datos. La situación geoestratégica de la zona que puede verse afectada, la posible implicación del gobierno frances con importantes intereses y la condición de ambos países de aliados de los EEUU ha levantado espectación en circulos reservados de las cancillerías de las grandes potencias. Las conexiones acreditadas de los líderes protagonistas de los acuerdos con grupos radicales islamistas de implantación internacional introducen la hipótesis de que se trate de forzar una crisis militar en una zona sensible que pueda general tensión y provocar desensiones tanto en el seno de la Unión Europea, que viene siendo crítica con las posiciones del gobierno español de apoyo incondicional al gobierno Bush, como en el interior de la propia diplomacia norteamericana que tendría que optar entre dos importantes aliados. La posibilidad de que se vieran afectados los enclaves de Ceuta y Melilla eleva el riesgo de respuesta militar y grave desestabilización de la zona.La primera quincena del mes ha sido calificada en las diferentes nomenglaturas como de alerta en los servicios de inteligencia de la zona “

Era parte de un cuadernillo papel cuché que Svetana extrajo de un portafolios de piel. Después de leerlo despacio la miró sin entender bien qué significado tenía aquel boletín de noticias para altos ejecutivos que ella le ofreció como algo muy valioso.
- “Solo trescientas personas, aproximadamente, en todo el mundo tiene acceso a esa información. Y te aseguro que es de fiar”, era feliz recordándole su privilegiada posición.
- ¿ Van a invadir Ceuta o Melilla ?. había un cierto tono de desdén en aquella pregunta.
- “No es eso lo que dice ahí, my love y, en éste nivel de información los matizes son decisivos. Probablemente no estés acostumbrado a considerar el peso de cada palabra, en lo que parece simplemente una nota de agencia”.Hizo ademán de quitarle el boletín, pero él quiso repasar de nuevo lo que había leído.
- “Me parece que como español te va a tocar vivir momentos interesantes. El Sr. del Bigote os puso al frente de una batalla que no ha empezado todavía. Es un tipo valiente, pero no entiendo como se fía tanto de los americanos. En eso no parece que sea muy inteligente.” Le miró esperando una respuesta.
- “ La verdad es que me siento muy desconectado de todo aquello. Nunca me pareció un tipo inteligente, pero supongo que si apoya a los americanos será por la promesa de una posición de privilegio”, parecía hacer cábalas pensando en voz alta. “ Perdona Svetna, la verdad es que quizas pase por un momento en que solo piense en el problema que tengo encima, que me afecta directamente. Perdoname si no muestro el interés que esperabas por los pronósticos de alta política”.

Ella se sonrió y acarició su pelo. Después de un silencio le propuso bajar a la playa mientras cerraba su maleta , ya vacía. De ella había extraído una caja de cartón del tamaño de un libro grande que depositó encima de la cama.
- “Eso es para ti, espero que te guste”.

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martes, enero 30, 2007

Capítulo 24. Maldivas (I).


Male, conocida como la Isla del Sultán, es la ciudad más poblada de las Islas Maldivas aunque no llega a doscientos mil habitantes y One & Only Kanuhura Maldives es su hotel más lujoso. En el aeropuerto de aquella ciudad, procedente de Viena, aterrizó el vuelo VW2001 de Austrian Airlines, en cuyo asiento 15 F Quijares había tenido casi cuatro horas para repasar todos los nudos que, en aquellos días en playas paradisíacas pretendía empezar a deshacer. Después de recoger su maleta encontró en la salida un tipo moreno, con una especie de turbante, portando un letrero con el nombre que Mrs. Vostokieva le había indicado: Mr. Feallpy. Le saludó en un inglés tan abrupto como universal, ayudado con una exagerada gesticulación de manos y tras cogerle la maleta le condujo con paso rápido y actitud servicial hasta una especie de todo terreno, descapotable, en el que a través de callecitas con cierto aire caribeño, le trasladó a un puertecito pesquero en un barrio de casa blancas y techos de cáñamo. En la esquina del pantalán central, entre viejos pesqueros a vela, como extraños en aquel lugar, vio amarrados dos barcos de motor de unos doce metros de eslora. Uno de ellos tenía una llamativa inscripción amarilla y verde de una compañía de turismo cuyo anagrama podía verse por todos lados. El otro, un poco más lujoso, de blanquísima cubierta y ventanas de cristales tintados. Como Quijares había intuido, se dirigieron hacía aquella esquina donde otro nativo les esperaba para trasladar la maleta al segundo de los barcos. Los nativos cruzaron entre ellos alguna frase en un idioma imposible y el segundo, le sonrió ensañándole la dentadura picada, al tiempo que tras subir la maleta, le tendió la mano, ayudándole a subir bordo. Ya en el interior del pequeño yate, en el hueco de la bañera, se acomodó en una pequeña habitación con una mesa de madera oscura en el centro y un asiento corrido, tapizado en cuero color crema. En un rincón, un monitor de televisión, y en las paredes algunos motivos marineros con inscripciones en cirílico. Encima de la mesa, un sobre con su nombre, esta vez real: “Mr. Quijares”. En un folio aromatizado y de agradable tacto, manuscrito con letra cuidada y en un inglés, mezclado con algunas palabras en español.

“Fernando, my love, han surgido problemas de última hora y tengo que retrasar mi llegada tres días. He dado instrucciones para que te alojen en el lugar previsto. Descansa un poco y ordena tus ideas. Después de nuestra última conversación me dejaste seriamente preocupada. He recogido información de la situación que desgraciadamente me confirma tus sospechas. Efectivamente puedes correr el riesgo de quedarte en medio de un peligroso fuego cruzado.Es tiempo de elaborar un plan de acción o, desaparecer de la escena. Sabes que hace un par de meses no te hubiera ofrecido la segunda posibilidad y ya sabes por qué. Para ambas opciones sabes que puedes confiar en mí, my love. La gente que te rodea ahí es de absoluta confianza. Puedes relajarte y olvidarte completamente de problemas de seguridad.”

Respiró hondo, volvió a meter aquel folio en el sobre y lo guardó en una bolsa de mano, al tiempo que sintió el tirón definitivo después del vaivén de las maniobras de desamarre. Estaba cansado y en la soledad de aquella estancia, a pesar de la distancia con todo y con todos, sumergido en un silencio ligeramente bañado con una música como de ascensor de hotel, no lograba sentirse relajado. Las palabras de su amante y protectora pretendían darle tranquilidad, pero habían conseguido precisamente lo contrario. Estaba cansando y ahora lo notaba. Resonaban en su cabeza las radicales opciones que acababa de leer: desaparecer o preparar un plan. Lo que realmente le apetecía era desaparecer. Por ejemplo, sabía que podía pedirle a ella que le ayude a montar un negocio para vivir dignamente en alguna remota isla tropical. Incluso podría facilitarle una nueva identidad para empezar desde cero, como si volviera a nacer a los cincuenta y ocho años. El plan era atractivo. Pero visto de otra manera, a partir de entonces se convertiría en un fugitivo el resto de sus días. Perdería lo único que realmente quería: su hijo Javier.

Aquella pequeña estancia meciéndose rumbo a no sabía donde, le provocó una cierta sensación de claustrofobia. Repasando la imagen de aquellos hombres morenos y bajitos, de una raza entre oriental y caribeño, cogiendo disciplinadamente y en silencio su equipaje, ofreciéndole la escalerilla de acceso al barco, se había sentido dentro de una especie de organización de la que realmente apenas sabía nada. Es verdad que en ese momento era su escondite perfecto, pero no debía perder la perspectiva y quizás hubiera salidas distintas a las que ella le proponía. Advirtió también que la tranquilidad y el relax iban a ser difíciles pues, a pesar de las playas de ensueño, en realidad lejos de alejarse de la tormenta, se había metido en el centro.

Ms. Svetana Bostokieva había nacido hacía ya treinta y cinco años en Kubinka, un pequeño pueblecito a unos cien kilómetros de Moscú, en una familia de agricultores. Después de obtener, siendo adolescente, durante tres años consecutivos el Premio Especial en Matemáticas y proclamarse campeona de ajedrez en categoría absoluta y de salto de pértiga en el año 1982, fue becada para estudiar en el Instituto de Ciencias Exactas Jose Lennin dirigido por el Profesor Petrov Snavinsky, discípulo y continuador de la obra de Grigori Perelman. Sin embargo, conoció a Yuri Bostok, muy lejos de allí, en septiembre de 1990, cuando la caída del régimen comunista era ya una realidad. Después de culminar con éxito sus estudios en matemáticas, fue una de las tres personas designadas por el equipo económico del gobierno Gorbachov para la realización de un master en Relaciones Internacionales y Economía la Rockefeller University de Nueva York. Tras una recepción de la Embajada, en la que estuvieron curzando algunas palabras de protocolo, cruzaron sus teléfonos. Un mes después Yuri le encargó la dirección de un grupo de empresas que emergían tras la debacle de la que fue una superpotencia. Con apenas viente años y sin terminar sus estudios postgrado, Svetana se convirtió en la esposa y administradora de uno de los militares más poderosos del régimen comunista junto cuando se convirtió en uno de los empresarios más corruptos de la llamada Perestroika. En el año 2000 había sido invitada como candidata a las reuniones del club Bilderberg.

Aunque los primeros días de Julio su esposo había tenido una recaída y se debatía entre la vida y la muerte en una clínica de Boston, Svetana no albergaba ninguna esperanza de que el feliz desenslace llgara a consumarse, pues sabía que finalmente siempre se terminaba recuperando. En todo caso, todas las consecuencias jurídicas y económicas de su fallecimiento estaban previstas y hacía años que quien realmente ejercía el control de aquel vasto imperio económico era ella.

Hacia ya medio año que había conocido al Inspector Quijares. Ese hombre cumplía condiciones indispensables para sus necesidades. Además de estar fuera de sus círculos habituales, le ayudaba a aprender español y respondía a sus requerimientos sin rechistar, icluso con comedido entusiasmo. A todo eso debía añadirse, su fascinante vinculación con una situación política sorprendente que podía explotar en cualquier momento y que tenía lugar en una de las grandes naciones históricas de Europa. El audaz giro político del gobierno en apoyo del amigo americano, había puesto a ese país en primera línea de fuego, en la contienda entre Islam-Occidente, que iba a sustituir en los próximos años el anterior enfrentamiento Este-Oeste. Ella conocía bien una regla universas: las grandes fortunas de la humanidad habían emergido o desaparecido, en momentos de grandes convulsiones políticas, cuando sobre la enorme pelota del mundo se trazaron líneas imaginarias. De la elección de en qué lugar te sitúes depende que estés entre los vencedores o entre los vencidos. Probablemente, aquel hombre fornido y tímido, un poco triste, pero siempre muy ardiente, desconocía la trascendencia de la trama que un día contó a aquella misteriosa mujer, que era a la vez su ángel de la guarda y el sueño erótico de cualquier españolito medio, metido en los cincuenta.

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